¿De dónde viene el nombre de ‘Wikonga’?

Muchas personas se sorprenden al ver que un Reino Católico e Hispanista tenga como nombre ‘Wikonga’, que puede sonar muy exótico (de Africa o Asia). Pero la explicación es mucho más sencilla de lo que parece.

Los territorios de Wikonga son numerosas islas que pertenecieron antiguamente a la Monarquía Hispánica, son conocidos como ‘La Micronesia Española’. Al fundar el Reino se intentó usar la nomenclatura de la zona en la que está situado el Reino (el Pacifico Occidental). Donde los nombres de países como ‘Kiribati’ ‘Palaos’ ‘Guam’ o ‘Tonga’ son muy comunes. Por eso mismo el nombre Wikonga es así siguiendo la nomenclatura de la zona.

La versión latinizada de Wikonga (que es la que sale en las monedas oficiales del Reino) es ‘Vicona’, por eso mismo el Rey Felipe I es llamado en latín ‘PHILIPPUS REX VICONIAM’.

Recordamos que el nombre oficial de Wikonga es ‘Reino Católico de Wikonga e Indias Españolas’.

El cacao Guayaquil en la Nueva España

Escrito por el vicembajador del Reino de Wikonga en Ecuador: D. Patrico Rodríguez

Antes de las Repúblicas, las provincias españolas ya comerciaban entre sí, el «cacao guayaquil» era el preferido de la Nueva España, actual México.

En la década de 1720 el mercado de la ciudad de México también recibió de manera directa cacao proveniente de Guayaquil, el que tuvo los montos más importantes, sólo después de los caraqueños. 

Su frecuencia fue constante y sus años más destacados fueron 1722, con un total de 3 578 tercios, y 1724, con 2 698 tercios (Cuadro 4). Al respecto, se debe subrayar que el llamado periodo de la prohibición comercial entre el virreinato de Nueva España y el de Perú, que se supone corresponde a la primera mitad del siglo XVIII, estuvo más bien regido por reiterados privilegios individuales de conducción del grano por Acapulco, y hasta existió un intento de estanco real.
Los comerciantes peruanos sabían que dicho circuito acuático era el más redituable porque los envíos a Panamá y el traslado hasta Veracruz encarecían los costos respecto al cacao caraqueño, con el que entraban a competir en la zona del Golfo, pero especialmente si se consideran los bajos costos de transporte marítimo a través del Pacífico hasta entrar por el puerto de Acapulco para ser traslado a la ciudad de México. Por esa vía se acortaban notablemente las distancias entre la zona productora y la ciudad de México. 
Unos 360 kilómetros separaban al puerto y a la capital, es decir, una distancia menor que la existente entre Veracruz, con fletes notablemente más baratos, de ocho reales por carga de cacao, desde la costa pacífica hasta México. En contrapartida estaban los costosos fletes desde Veracruz, que en gran medida dependían de la condición de los caminos y la estación del año; los 420 kilómetros entre un punto y otro podían significar, tan sólo en la temporada de secas, unos 35 días de recorrido; en 1806 se decía que cruzar las tierras bajas del Golfo y ascender por la Sierra Madre, absorbía dos tercios del costo del transporte entre la ciudad de México y Veracruz.
Es decir, el cacao de Guayaquil era más barato que el venezolano, siempre y cuando se transportara vía Acapulco, y lo fue aún más cuando comenzó a expandirse su producción dadas las condiciones naturales de la zona. 
Bajo ese contexto, se entiende que en 1712 los comerciantes de Guayaquil solicitaran una licencia para vender dicho producto vía Acapulco; el proyecto fue discutido en el Consejo de Indias y en ese mismo sentido, el año 1720 se proyectó que el virrey de Perú comprase anualmente la cantidad de cosecha de Guayaquil que estimara conveniente por cuenta de la Real Hacienda y que se condujera a Nueva España a través de dos navios de guerra de la Armada de la Mar del Sur. 
Guadalupe Pinzón nos aclara que en 1720 el superintendente del Juzgado de Arribas y Embarcaciones de Perú en las costas del Mar del Sur de Nueva España, José Veytia, propuso al monarca español la apertura de este comercio que de todas formas se realizaba sin dejar ganancias al erario. 
Sugirió que el tráfico sólo fuera de cacao, sin hacer escalas hasta llegar a Acapulco, donde lo pondrían en manos de particulares y todo se haría a favor de la Real Hacienda; este sistema eliminaría las evasiones fiscales y se estimaba que no perjudicaría a las naves que transitaban entre Guayaquil, Panamá y el Callao, ni al comercio de Maracaibo, Cumaná y Caracas, esto último debido al alto consumo que en Nueva España había de cacao. 
No obstante, en 1722 se les respondió que debía mantenerse la prohibición de traficar con el cacao de Guayaquil, el cual seguiría siendo enviado a Tierra Firme. Sin embargo, se siguieron otorgando permisos individuales: se sabe, por ejemplo, que para el año 1721 Juan Bautista de Azunza gozó de una licencia particular para trasladar cacao de Guayaquil por Acapulco; otro caso se dio en 1724, cuando gobernaba ese reino el arzobispo don Diego Morzillo.
Dadas las circunstancias, se pretirió que aquel reino sudamericano continuara comerciando su producción cacaotera por tierra firme, lo que evidentemente le significaba perder las ventajas del flete marítimo. Del mismo modo, circunscribir su producción cacaotera nada más al virreinato de Perú, no era tan atractivo porque en aquella zona la infusión de hierba mate y también la coca eran culturalmente los estimulantes preferidos entre el grueso de la población y no así el chocolate. 
Por su parte, hacia la década de 1730 los flujos de cacao de Guayaquil hacia la ciudad de México se alteran, tal como lo indica el cuadro 4, hasta que prácticamente desaparecen; en su lugar, repunta el cacao de Tabasco, con remisiones de 200 tercios y hasta de 400 en 1735.

Tampoco se puede olvidar que muchas veces la misma ruta del cacao tabasqueño era utilizada por el de Guayaquil. A este respecto, se puede señalar que precisamente esta es la época cuando se refuerza la normatividad contra el tráfico ilícito, ya que en 1732 se ordenó tomar medidas más severas en contra de las naves peruanas que traficaban en costas novohispanas.

México debería reivindicar su territorio

Aunque le duela a muchos partidarios de la Leyenda Negra Española, México era mucho más rica que España en su independencia, además era el doble de grande de lo que es hoy. México llegaba desde California hasta Costa Rica y en tiempos del virreinato controlaba hasta Filipinas, Alasca, Florida y Cuba. España y todos los españoles pusieron un gran escuerzo en conquistar los territorios que llegaban hasta Nutka (Alasca) y en menos de 50 años ya lo habían perdido todo a los Estados Unidos.

¿Cuáles son los estados más ricos de EEUU? California, Texas, Florida y Nueva York. Curiosamente tres de ellos fueron parte íntegra de Nueva España, España (ergo los mexicanos) se dejaron en esos territorios cientos de miles de infraestructuras, misiones, fuertes, hospitales, etc. Y los mexicanos tienen un derecho a tener de vuelta su territorio.

México, como país líder de la Hispanidad en América, debería reivindicar sus influencias en la historia de más de 75% de Estados Unidos. Así podrá la Hispanidad tener una voz en el ámbito internacional. La Embajada de Wikonga en México está ya trabajando en esta labor de reivindicación de la historia de España y de México. Porque México y la Hispanidad tienen un gran pasado, y en Wikonga trabajamos para que tenga un gran futuro otra vez.

¿Ciudadanía española para los puertorriqueños?

En 2015 el Reino de España concedió a los judíos sefardíes la nacionalidad española tras más de 500 años de su expulsión y posterior diáspora desde España. En relación a esa base histórica, en la que violentamente unos ciudadanos pierden la nacionalidad de su patria, se podría hacer algo similar con los puertorriqueños.

Puerto Rico es una isla del Caribe que fue española desde 1493 hasta 1898 (más de 400 años), cuando Estados Unidos anexó violentamente la isla y forzó a España a reconocer la pérdida de una parte de la nación.

Los puertorriqueños han sido ninguneados e ignorados en Estados Unidos, Puerto Rico es tratado como una colonia americana (el 75% de los puertorriqueños no hablan inglés). Los ciudadanos antiguamente españoles de Puerto Rico se merecen un gesto por parte del Gobierno Español para ampararles tras un siglo de brutal colonialismo americano.

Si los ciudadanos de Puerto Rico ganasen la ciudadanía española que se les arrebató forzosamente en 1898, podrían tener un gran futuro con plenos derechos europeos y españoles. Además sería el primer paso a la reunificación de España con Puerto Rico, un territorio que es parte íntegra de la Nación Española.

El Reino de Wikonga apoya completamente esta propuesta, como un gesto de colaboración con el Reino de España, el primer ministro de Wikonga, Don Denís Gómez-Taylor, mandará una carta a Su Majestad Felipe VI de España para transmitirle esa propuesta. Además el Gobierno del Reino de Wikonga se pondrá en contacto con plataformas reunificacionistas de Puerto Rico.

«Es Gloria de Quito el Descubrimiento del Río Amazonas»

Escrito por el vicembajador del Reino de Wikonga en Ecuador: D. Patricio Rodríguez

Los titulos, pruebas, documentos históricos españoles respaldan los derechos amazónicos del Ecuador, por lo mismo que existe una aguda controversia entre las posiciones histórico-jurídicas del Ecuador y del Perú, resulta indispensable señalar los títulos históricos que respaldan los derechos amazónicos del Ecuador y que, en apretada síntesis, son los siguientes:

1.- Es gloria de Quito el descubrimiento del río Amazonas
Detrás de esta bella y precisa frase, acuñada por un cronista español en 1542 de la aventura descubridora, está una realidad incontrovertible, que no puede ser ocultada por los requiebros jurídicos de la interpretación peruana, y es el hecho de que los expedicionarios salieron de la ciudad de Quito, que en su inmensa mayoría eran quiteños por nacimiento (los indios) o vecinos de la Gobernación de Quito (los españoles) y que sus recursos, bagajes y acémilas habían sido proporcionados también por el territorio quiteño. Es más, no figuraba entre ellos ninguno que pudiera llamarse peruano.
Otras razones que comprueban que la expedición fue concebida y planificada en Quito, y que salió de esta ciudad y no del Cuzco, son la lejanía temporal entre el paso de Gonzalo Pizarro por el Cuzco y su salida hacia «el país de la canela», y la ruta misma de su expedición descubridora, que avanzó de Quito hacia el Oriente por la vía indígena de Papallacta y Baeza, hasta llegar al Coca, desde donde Orellana siguió por el Napo hasta encontrarse con el Amazonas, el 12 de febrero de 1542.
En cuanto a lo primero, salta a la vista la falta de continuidad entre el viaje de Gonzalo Pizarro del Cuzco a Quito y su nuevo viaje de Quito al Oriente, fenómeno que la historiografia peruana trata de explicar aduciendo que «la expedición llegó a Quito y se quedó varias veces porque había que buscar nativos que hablaran castellano, y supieran hacer balsas».
En cuanto a la ruta seguida por Pizarro, obvio es que si ella hubiese sido concebida en el Cuzco y salido desde esa ciudad habría seguido la ruta directa de los ríos Apurímac, Urubamba y Ucayali, en vez de emprender una vuelta tan larga, demorada y costosa como subir a Quito para bajar luego hacia el Oriente.
Recordemos que lo que se buscaba era el PAIS DE LA CANELA, EL DORADO que se relataba que estaba al Oriente, nadie sabía que se iba a descubrir el Río Amazonas. Así que lógicamente toda expedición se dirigiría inmediatamente al Oriente. En el caso de Quito, el Amazonas esta inmediatamente al Oriente, siguiendo la trayectoria geográfica directa del río Napo.
Queda por aclarar el asunto de la autoridad descubridora. La historiografía peruana se ha empeñado en sostener que Gonzalo Pizarro partió en su expedición al oriente «autorizado en el Perú por el Gobernador Francisco Pizarro», (ojo con Gonzalo y Francisco) de lo cual derivarían los supuestos derechos peruanos en el descubrimiento del río Amazonas.
También esto constituye una alteración de la verdad histórica, pues existen pruebas documentales de que el marqués Francisco Pizarro, autorizado por el rey de España mediante el «Convenio de Toledo», dividió su gobernación en dos y creó la Gobernación de Quito, fijándole como linderos, por el Norte, la tenencia de Gobernación de Popayán, y por el Sur, una línea que salía de Paita y seguía por Piura, Cajamarca, Chachapoyas, Moyobamba y Motilones; en el mismo acto, el marqués designó como Gobernador de Quito a su hermano menor Gonzalo, quien salió del Cuzco para tomar posesión del territorio de su mando.
Tiempo después, ya posesionado del gobierno de Quito, Gonzalo concibió la idea de efectuar una expedición conquistadora hacia «el país de la canela», en busca de la apreciada especia, y solicitó para ello la colaboración de su Teniente de Gobernador de Guayaquil (Actual ciudad ecuatoriana), el capitán Francisco de Orellana. (Gobernador de Quito: Gonzalo Pizarro – Gobernador de Guayaquil. Francisco Orellana).

Descubrimiento del río de las Amazonas y sus dilatadas provincias [Manuscrito] / por D. Martín de Saavedra y Guzmán. Atribuido también a Alonso de Rojas. Dedicado a D. García Méndez de Haro, Conde de Castrillo, Presidente del Consejo de Indias, en Santa Fe, 23 junio 1639. Portada caligráfica con escudo de armas y dibujo en la h. 31. Biblioteca Nacional de España.
Manuscrito español. (Biblioteca Nacional de España)

Hay muchas pruebas adicionales del origen y carácter quiteño de la expedición. Una de ellas es la magnífica «Relación» de esa audaz aventura descubridora, escrita por el español vicario de Quito que acompañó a Gonzalo Pizarro, fray Gaspar de Carvajal, en la que se lee:
«…Este capitán Francisco de Orellana era capitán y teniente de gobernador de la Ciudad de Santiago de Guayaquil … y por la mucha noticia que se tenía de una tierra donde se hacía canela, sabiendo que Gonzalo Pizarro, en nombre del Marqués, venía a gobernar a Quito y a la dicha tierra que el dicho capitán tenía a su cargo; y para ir al descubrimiento de la dicha tierra, fue a la villa de Quito, donde estaba el dicho Gonzalo Pizarro, a le ver y meter en la posesión de la dicha tierra. … El dicho Gonzalo Pizarro, que era Gobernador, fue en persona a descubrir la canela… y el dicho capitán Orellana en su seguimiento…»
Otra es una carta del propio Gonzalo Pizarro al rey de España, fechada en Tomebamba, el 3 de septiembre de 1542, en la que el conquistador afirma:
«Desde la ciudad de Quito escribí a Vuestra Majestad haciéndole saber… cómo por las grandes noticias que en Quito y fuera de él yo tuve por caciques principales y muy antiguos como por españoles, que confirmaban ser la Provincia de la Canela y Laguna del Dorado tierra muy poblada y muy rica, por cuya causa yo me determiné de lo ir a conquistar y descubrir».
Pero fue el propio descubridor del Amazonas quien elevó un memorial al rey, en 1543, testimoniando las circunstancias de su hazaña: «El Capitán Francisco de Orellana, natural de la ciudad de Trujillo, que es en estos reinos, digo… porque continuando la voluntad que siempre he tenido de servir a Vuestra Majestad yo salí de las Provincias de Quito con Gonzalo Pizarro al descubri-miento del valle de la Canela…»
De ahí que, en la «Capitulación que se tomó con Francisco de Orellana para el descubrimiento y población de la Nueva Andalucía, año de 1544», suscrita por el Príncipe de Asturias y próximo rey Felipe II, se hizo constar lo siguiente: «Por cuanto vos el Capitán Francisco de Orellana me hicisteis relación que habéis servido al emperador y Rey mi Señor… y continuando la voluntad que siempre habéis tenido de servir a Su Majestad, salisteis de las Provincias de Quito con Gonzalo Pizarro…»
Y de ahí también que uno de los cronistas de esa hazaña, el padre Alonso de Rojas y Fray Gaspar, hayan consignado para la historia aquella frase que eternizara la quiteñidad del Amazonas: «Bien se podrían gloriar Babilonia de sus muros, Nínive de su grandeza, Atenas de sus letras, Constantinopla de su imperio, que Quito las vence por ser llave de la Cristiandad y conquistadora del mundo, pues a esta ciudad pertenece el descubrimiento del gran río de las Amazonas.»
2.- La creación de la Audiencia de Quito reconoció y legitimó plenamente el descubrimiento quiteño del Amazonas.
En efecto, al crear en 1563 la Audiencia y Presidencia de Quito, el rey Felipe II le asignó un amplísimo territorio, que se extendía «por la costa hacia la parte de la Ciudad de los Reyes hasta el puerto de Paita exclusive, de manera que la dicha Audiencia tenga por distrito hacia la parte susodicha los pueblos de Jaén, Valladolid, Loja, Zamora, Cuenca, La Zarza y Guayaquil con todos los demás pueblos que estuvieren en sus comarcas y se poblaren y hacia la parte de los pueblos de la Canela y Quixos ha de tener los dichos pueblos con lo demás que se descubriere.
Dicho en síntesis, el territorio de la nueva audiencia tenía por el sur límites similares a los fijados por Francisco Pizarro a la Gobernación de Quito y se extendía por el suroriente hasta la actual Bolivia;por el Oriente se extendía, por ambos lados del Amazonas, e incluía las nuevas regiones «que se descubrieren», teniendo como único límite legal la línea fijada por el «Tratado de Tordesillas» para demarcar las posesiones españolas y portuguesas en el área.

La Real Audiencia de Quito en la América española, año de 1790.

3.- La colonización de la hoya amazónica en su parte occidental, fue efectuada y mantenida por la Audiencia de Quito durante toda la etapa colonial.
Si la Gobernación de Quito descubrió el Amazonas en 1542, a partir de 1563 la Audiencia y Presidencia de Quito efectuó un vigorosa y creciente labor de colonización en la hoya amazónica, reiteradamente autorizada por cédulas y reales órdenes de la corona española, que tuvieron su culminación en las cédulas del 12 de abril de 1646 y 16 de julio de 1683, que dispusieron que la audiencia quiteña continuase con su labor colonizadora y evangelizadora en tierras del Marañón.
En el mareo de esa acción, diversas comunidades religiosas quiteñas desarrollaron una activa labor misionera. Los dominicos incursionaron y establecieron misiones en Canelos. Los franciscanos lo hicieron en el área del Putumayo, el Napo y el Marañón hasta las posesiones de Portugal, y alguno de ellos repitió la hazaña de Orellana, viajando desde Quito hasta España.
Los mercedarios y agustinos colaboraron con las expediciones militares que salieron desde Loja hacia las provincias de Jaén y Maynas, situadas en la parte septentrional del Marañón. Pero sin duda fueron los jesuitas quiteños quienes desarrollaron la más amplia labor colonizadora, pues que su labor misional abarcó tanto las zonas de Quijos, Sucumbíos, Pastaza, Napo y Aguarico, al norte del Amazonas, así como las vastas selvas de Maynas y Moxos hasta el Huallaga y el Ucayali, cerca del Cusco.
Un notable misionero y cartógrafo jesuita, el padre Samuel Fritz, elaboró y publicó en Quito varios notables mapas de la hoya amazónica, incluyendo el «Mapa del Gran Río Marañón» (1707), cuyo texto explicativo abunda en detalles sobre la labor colonizadora de Quito. Otros jesuitas quiteños, los padres Brencano y De la Torre, elaboraron el célebre «Mapa de la Provincia Quitensis» de la Compañía de Jesús (1751), donde se evidencia la amplitud de los territorios colonizados por Quito a ambos lados del Río Mar.
La labor misionera y administrativa de la Audiencia de Quito en la hoya amazónica se extendió, no sin tropiezos, hasta la expulsión de los jesuitas de sus dominios americanos por el rey Carlos III (1767). Este hecho afectó notablemente a la labor misionera de España en los territorios orientales y facilitó el avance de la colonización portuguesa, cuyos «bandeirantes» empezaron a penetrar audazmente en Maynas.
Fue en aquella circunstancia que el Gobernador de Maynas y Comisario de Límites, el ingeniero español Francisco de Requena, recomendó la creación del nuevo Obispado de Maynas, para suplir la ausencia de los jesuitas quiteños. Interesada en la preservación de sus dominios amazónicos, la corona española atendió favorablemente el pedido de Requena y dictó la Real Cédula de 15 de julio de 1802, creando el nuevo obispado y poniéndolo bajo la prelatura del Arzobispado de Lima.
Complementariamente, creó la Capitanía General de Maynas, «para confrontar en lo posible, la jurisdicción eclesiástica y militar de aquellos territorios». En todo caso, la cédula no separaba de la Audiencia de Quito el territorio de Maynas sino que se limitaba a «segregar el gobierno y Comandancia General» de ellos, para agregarlos al Virreinato Perú. En todo caso, esta cédula pasó a ser alegada por el Perú, ya en la época republicana, como prueba de sus supuestos derechos sobre los territorios de Jaén y Maynas.
Un año más tarde, el 7 de julio de 1803, el rey emitió una Real Orden disponiendo que «sobre defensa de la ciudad y Puerto de Guayaquil… debe depender el Gobierno de Guayaquil del Virrey de Lima, y no del de Santa Fe, pues éste no puede darle como aquel en los casos necesarios los precisos auxilios…». Esta disposición fue, desde entonces, argüida por el Perú como título territorial sobre la rica provincia cacaotera de Guayaquil, y sirvió como pretexto para que el Virrey Lima, Marqués de la Concordia, dispusiera en 1810 la total agregación de ella al Perú.
Esto último provocó las protestas del Presidente de Quito, Barón de Carondelet, y del Procurador del Cabildo de Guayaquil, don Francisco Ventura de Garaicoa. De otra parte, los diputados la provincia de Guayaquil don José Joaquín Olmedo y don Vicente Rocafuerte, elevaron en 1813 un memorial al rey, solicitando que se restableciese la franquicia del comercio de cacao, estrechada por las autoridades virreynales del Perú, pese a las leyes y reglamentos de libre comercio dictado por la corona y con el único objeto de beneficiar al círculo monopolista del Consulado de Lima.
También pedían que se erigiese un Tribunal de Comercio (Consulado) en la provincia de Guayaquil para liberarla de las imposiciones monopolistas del consulado de Lima, y que se autorizase «al Ayuntamiento para proponer al Virrey los sujetos que hayan de servir los empleos de Tenientes Gobernadores en los pueblos subalternos de esta Provincia», porque los Virreyes hacían estas elecciones por palanqueos y nombraban a personas que, «lejos de dedicarse a la administración de justicia, tratan solamente de buscar su utilidad personal».
Finalmente, oídas las protestas quiteñas y guayaquileñas, una Real Cédula de 1819 precisó que la Real Orden de 1803 «solamente le concedía (al Virrey del Perú) jurisdicción y superioridad en lo relativo a la defensa de la ciudad y puerto de Guayaquil» y concluyó restableciendo en esa provincia la plena autoridad y jurisdicción del Virreinato de Santa Fe y disponiendo que el nuevo Virrey de Lima procediera inmediatamente a «la reposición de la ciudad de Guayaquil y su provincia al ser y estado en que se hallaba antes de acordar en el año de 1810 vuestro antecesor el Marqués de la Concordia su agregación a ese Virreinato».
Esas ambiciones peruanas por poseer Guayaquil y la resistencia activa de los guayaquileños contra el monopolio comercial de Lima han llevado a que eminentes historiadores extranjeros sostengan que, el 9 de octubre de 1820, nuestro puerto no solo buscó independizarse de España sino del Perú.

Placa ubicada en la Plaza Central de Quito
“DEMOSTRACIÓN Hidrográfica y geográfica del distrito de la Real Audiencia de Quito, por espacio de 400 leguas desde las riveras del río Negro, que linda con la de Santa Fe en el Nuevo Reino de Granada, hasta la ciudad de Piura, Cabeza del primer corregimiento de los valles del Perú, en que confina con el distrito y jurisdicción de la Real Audiencia de Lima. (1766)”. (Instituto Ecuatoriano de Cultura Hispánica).

Para la anécdota:
Si es gloria de Quito el descubrimiento del Río de las Amazonas, pues el descubrimiento de la Cueva de los Tayos es gloria guayaquileña.

Esto debido a que la mayoría de exploradores que acompañaron Juan Moricz y Neil Armstrong eran de esta ciudad.

Estampa por el septimo aniversario de la expedición a la Cueva de los Tayos

Ya no sólo es tirar estatuas, es destruir la historia occidental

Hemos podido ver en los últimos tiempos que en numerosas manifestaciones por todo el mundo occidental se han atacado y en muchas ocasiones derribado estatuas de personajes importantes de la historia occidental.

La causa de este odio hacia la historia es que esos personajes, como Cristóbal Colón, Winston Churchill o Isabel I de Castilla, no son aceptables en nuestros tiempos. Quizás sea por ignorancia o por conveniencia, pero lo que no muchos entienden es que sin esas figuras históricas no tendríamos hoy el mundo que tenemos: sin Isabel I de Castilla o Cristóbal Colón no habría descubrimiento español de América, por lo que no habría protección legal de los indígenas por lo que ese 84% de indígenas y mestizos de México estaría ahora mismo en 1%. Ese es sólo un ejemplo.

Además se han visto ataques a personajes como Lincoln o Fray Junípero Serra, que según muchos manifestantes ‘no son aceptables’. Esto indica que la marabunta de orcos ignorantes que ataca a las figuras históricas se mueve más por el odio hacia la historia de Occidente que otra cosa.

Muchos de ellos (si no la mayoría) no está de acuerdo con que se considere que ha sido Europa y la Civilización Occidental (liderada en su mayoría por España) la que ha podido dominar el mundo, que mientras en Europa se diseñaban y construían máquinas a vapor, en África todavía se pintaba el arte rupestre.

Hoy Europa y Occidente son el mundo libre: con más derechos y libertades que cualquier otra civilización. Y todo esto que gozamos ha sido gracias a todas esas personas y figuras históricas que han llevado a Europa a la dominación mundial, y guste o no: hay que aceptarlo y respetarlo.

La historia no está para se criticada o reprobada, sino para ser estudiada y para que podamos aprender de ella. Debemos respetar la historia de Occidente que, pese a sus sombras, ha sido la región que consiguió dominar el globo; y gracias a ellas gozamos hoy de nuestro mundo moderno y avanzado.

Puerto Rico: la puerta hacia la Reunificación de Hispanoamérica

Puerto Rico fue una isla que era parte íntegra de España (*no una colonia*) hasta 1898, cuando las ambiciones imperialistas americanas hicieron que se convirtiese en una colonia americana. Puerto Rico está hoy más que nunca más cerca de la reunificación con España, ya que los movimientos de reunificación con la Madre Patria están ganando fuelle.

Puerto Rico podría convertirse en el primer territorio que decide volver a ser parte de España, con una representación justa y respetable; ya que ahora mismo los puertorriqueños no tienen casi ningún derecho como ‘americanos’.

No nos estamos refiriendo en un movimiento neo-colonial español, sino que queremos poner en la mesa la propuesta de una unión entre los países de habla hispana (que comparten lengua, religión, historia, cultura…). La unión hace la fuerza y una Hispanidad unida es una Hispanidad fuerte y relevante en escenario global, compitiendo con EEUU y China.

Puerto Rico podría convertirse en el inicio de una nueva era mundial: la era de dominación hispana.

Historia del Ecuador: Época Prehispánica, Descubrimiento y Conquista, Virreinatos e Independencia

Embajada del Reino de Wikonga en Ecuador (@Wikonga_Ecuador) | Twitter

Escrito por el vicembajador del Reino de Wikonga en Ecuador, publicado en RevisionismoEcuador.

La Historia y formación de la República del Ecuador desde su época prehispánica, pasando por la época virreinal, su independencia y la actualidad tras la sucesión con la Corona española.

Época prehispánica

Los primitivos pobladores del Ecuador fueron pueblos sedentarios y agrícolas que cultivaron el maíz, la quinoa, variedades de patata, el ají, frutas de los valles, etc. Sus animales domésticos fueron los perros, los cerdos y las llamas. La población vivía dispersa, pero con frecuencia se unía para las ceremonias o en caso de ataque de un enemigo común. Cada grupo poseía su cacique, que gozaba de gran autoridad y que era honrado por sus súbditos con joyas, adornos y fastuosos enterramientos. 
Geográficamente los habitantes del Ecuador se pueden dividir en costeros y serranos. Entre estos últimos se pueden distinguir los caras, situados en la provincia de Imbabura y norte de Pichincha; los cañaris, en el sur del Ecuador; los palta, en la provincia de Loja, norte de Piedras y sur de Xoroca.
Los caras eran pueblos de lengua chibcha y, según el padre Velasco, procedían del Pacífico y desembocaron por la bahía de Caráquez conducidos por un jefe llamado Schyri en su lengua. Llegaron hasta Quito venciendo a sus primitivos habitantes y se aliaron con sus vecinos los puruhás, formando con ellos un importante imperio. Debido a su espíritu guerrero, los incas tardaron quince años en conquistarlos y Huaina Capac se casó con la hermana del último Schyri, de la que tuvo a Atahualpa.
Su organización política era una monarquía de tipo feudal en la que el cacique estaba rodeado de una nobleza turbulenta y poderosa. la insignia del poder era una esmeralda que el Schyri llevaba en medio de la frente. Sus edificaciones eran llamadas tolas, montículos sobre los que construían habitaciones o templos. Eran excelentes lapidarios y tejedores de algodón y lana, pero destacaron sobre todo en el trabajo del cuero. Practicaban el culto a los muertos, enterrándolos con alimentos y utensilios utilizados en vida. No conocieron los quipus, pero, según Bodín, tuvieron un sistema de cuenta consistente en una placa de piedra y de madera con diferentes compartimentos sobre los que colocaban diferentes objetos de distinto color.
Los cañaris formaron una confederación a la que pertenecieron varios pueblos vecinos. Para algunos autores los jíbaros, habitantes de la jungla, formaron parte de esta confederación, mientras que para otros fueron sus enemigos. Conocían la metalurgia y se han encontrado piezas de oro y cobre de gran calidad. la cerámica hallada en esta región es de las mejores del área ecuatoriana preincaica. Los jefes eran enterrados en agujeros circulares, sentados y acompañados de sus mujeres y criados, así como de sus armas y adornos.

Ruinas de Ingapirca (www.civitatis.com)

Los palta, según Paul Rivet, hablaban una lengua de la familia araucana y, aunque menos guerreros que sus vecinos, no por eso fueron menos civilizados. Parece que procedían de otros lugares y que al llegar a esta región se adaptaron al medio. Otros pueblos serranos fueron los panzaleos, situados en la provincia de Pichincha, Cotopaxi y Tugurahua, y los puruhuá al sur de aquellos, en las provincias de Chimborazo y Bolívar.
Los pueblos que habitaban las costas fueron absorbidos culturalmente muy pronto. Se relacionaban unos con otros por medio del comercio, y aunque conocían a los pueblos del interior eran muy diferentes a ellos. Los más importantes fueron los esmeralda, situados en la parte inferior del río de este nombre, y los colinas, entre Cojimíes y Atacames; los manta, de la región de Manabí, y los puna, en la isla del mismo nombre.
Los esmeralda tenían como base de alimentación la pesca, que también exportaban hacia el interior. Aunque eran más pobres que sus vecinos del sur, trabajaron el oro, la plata y el platino, tejieron el algodón y fabricaron canoas. Su cerámica tiene influencia mesoamericana y peruana, con vasijas de doble pico y puente y vasos dobles. También son muy interesantes las estatuillas o figuritas de tierra cocida con temas antropomorfos —los pensadores, mujeres, a veces embarazadas, y parejas de niños— y de animales.
Los manta, nombre dado por Rivet a este pueblo costero, son llamados por Cieza los que se tatúan el rostro e indios de Puerto Viejo. Según Jijón y Caamaño, su lengua pudo pertenecer a la familia lingüística Puruha-Mochica.
Estos pueblos de Manabí fueron grandes marineros y constructores de canoas y mantuvieron un activo comercio con toda la región, de cerámica, tejidos y adornos de plata y oro. Su cerámica presenta formas de olla globulares de base redonda o apuntada, decorada con pinturas y algunos relieves. El cacique de Manabí poseía una esmeralda sagrada que exhibía ciertos días y era reverenciada debido a sus poderes curativos. Ofrecían a sus dioses sacrificios de animales y humanos y se distinguían de sus vecinos en que tatuaban su rostro. Los puná, de igual familia que los manta, se alimentaban de pesca y maíz cocido. Eran piratas y comerciantes y lucharon constantemente con los pueblos del continente, lo que les enriqueció mucho.

Muestra de la balsa común que sobrevivió desde los inicios de la Cultura huancavilca hasta el siglo XIX.

Otro pueblo serrano fueron los huancavilcas, agrícolas y pescadores que habitaban la provincia de Guayas. Todos estos pueblos pasaron a formar parte del imperio inca por sucesivas conquistas.
Las tradiciones indígenas fueron recogidas por los antiguos cronistas del Perú, en especial Cieza de León, y las recopiló, junto con informaciones perdidas hoy, en el siglo XVIII el jesuita Juan de Velasco, primer historiador propiamente ecuatoriano, en su Historia del Reino de Quito, no publicada hasta el siglo XIX. Según estas tradiciones, los scyris o caras llegaron por mar a la bahía de Caráquez por la costa de Manabí y Esmeralda; luego subieron a la meseta y sometieron a los atrasados quitus, pero parece que estos son una rama del mismo pueblo.
Habrían formado los scyris una monarquía, que habría crecido en extensión y poderío, conquistando territorios al Norte y luego al Sur; a los dos siglos conquistaron las tribus de Latacunga y Ambato, y luego los mochas, dejando libres al resto de los puruhaes. Pero en el siglo XI la hija única del rey scyri se casó con Duchicela, heredero de Puruhá, y se unieron ambos pueblos. Con los scyris se aliaron los cañaris y otros Estados pequeños; por la diferencia de clima, dejaron libres los pueblos costeros.
En su expansión imperialista, el inca Tupac Yupanqui llegó al actual territorio ecuatoriano (segunda mitad del siglo XV) y sometió a los huancabambas, los más meridionales de los aliados del reino de Quito; conquistó a los paltas y llenó su tierra de mitimáes (colonos). Atacó a los cañaris, que lo derrotaron, pero no cejó en su intento y al fin se le sometieron, entregándole rehenes y construyéndole un palacio; se detuvo mucho tiempo en Azuay, y sacó de allí muchos habitantes, que trasladó a Cuzco, levantando dos fortalezas.
Se le sometieron también los huancavilcas de Guayaquil y le pidieron auxilio contra los jefes de la Puná. Regresó Tupac Yupanqui al Cuzco y a los dos años volvió con otro ejército para someter Quito.Su sucesor, Huaina Cápac, quiso asegurar su dominación; fracasó ante los jíbaros y chachapoyas, pero sometió a los rebelados paltas; en la provincia de Azuay levantó grandes edificios, pues había nacido allí, en Tomebamba, la capital de los cañarís. En Quito fue recibido solemnemente, pues desde la época de su padre había allí un gobernador inca.
Vencido el caudillo scyri Hualcopo, que se había defendido tenazmente, le sucedió en el trono Cacha, último soberano scyri, que tras muchas batallas pereció en la de Hatuntaqui; pero aún siguió la resistencia en Caraquí, que sometió el inca con muchos exterminios; levantó nuevas fortalezas para tener a raya a los imbaburas y la región de Cayambí.
Prosiguió más al Norte, al país de los quillasingas, y conquistó Pasto, colocando la frontera de su imperio en el río Angasmayo, y también dominó Paita y Túmbez. Vengó una traición que le hicieron en la isla de Puná y recorrió la costa de Manabí y Esmeraldas, reinando, sobre, más o menos, todo el territorio del actual Ecuador. Prefirió Quito al resto de su imperio y residió allí unos treinta años, convirtiéndolo en una verdadera capital y embelleciéndolo con grandes edificios, y murió allí hacia 1525-1527.
Había tomado por mujer a Pacha, la hija del último rey scyri, y así legitimó en cierto modo su conquista, uniendo a la borla roja, emblema de los incas, la esmeralda de Quito. Amaba tanto el país que dividió el reino entre sus hijos Huáscar y Atahualpa, dejando Quito al segundo, nacido allí, y el resto del imperio a Huáscar. Conocidas son las luchas entre ambos hermanos que facilitaron la conquista realizada por Pizarro.
Descubrimiento y colonización

El actual territorio ecuatoriano fue descubierto y conquistado como parte del descubrimiento y conquista del Perú. El primer español que vio las costas del Ecuador y atravesó de norte a sur la línea equinoccial en el Pacífico oriental fue Bartolomé Ruiz, piloto de Pizarro (1526).
Asimismo, de sur a norte, pero a gran distancia de la costa, también por el este del Pacífico, cruzó el ecuador Santiago de Guevara, en un barco de la expedición de Loaisa, desviado del resto, en 1526.
En el primer viaje desde Panamá no pasó Pizarro de la costa actual colombiana (1524-1525), habiendo llegado Almagro por su cuenta al río San Juan. En el segundo (1526 ss.), Pizarro y Almagro llegaron al citado río, y Ruiz (natural de Moguer), enviado a explorar, tocó en la isla del Gallo y en la bahía de San Mateo, y luego, sin desembarcar, atravesó el Ecuador hasta la altura del cabo Pasado (medio grado S.), en territorio ecuatoriano.
Volvió donde estaba Pizarro, y habiendo llegado también Almagro con refuerzos desde Panamá, ambos desembarcaron en Tacamez, y ante la resistencia hallada se acordó que Almagro volviera a Panamá por más refuerzos y Pizarro pasó a la isla del Gallo, donde ocurrieron los famosos sucesos de los Trece de la Fama.
Socorrido al fin, Pizarro siguió desde la isla de la Gorgona (Colombia) al sur de nuevo, pilotado por Ruiz; dejaron atrás el cabo Pasado, límite de la navegación anterior, doblaron la punta de Santa Elena y entraron en la bahía de Guayaquil, llegando después a Túmbez, ya en el norte del actual territorio peruano.
Desde los viajes anteriores habían oído hablar de un país muy rico y muestras habían visto de riqueza, población y mayor nivel civilizado en la costa ecuatoriana; prosiguió al sur hasta Paita (1527) y regresó a Panamá, desde donde fue a España para obtener una capitulación de Carlos V.
Cuando emprendió Pizarro definitivamente la conquista del imperio inca, en 1531, tocó en San Mateo, de donde se internó al pueblo de Coaque, en el que hallaron muchas esmeraldas; siguió Pizarro la marcha por tierra y en Puerto Viejo, con un refuerzo, se le unió Sebastián de Benalcázar y se instaló en la isla de Puná, donde los de Túmbez, enemigos de sus habitantes, los indispusieron con Pizarro, estallando la guerra; allí se le unió Hernando de Soto.
Por los indios de Túmbez tuvo noticias de las disensiones entre Atahualpa y Huáscar, y en 1532 desde Túmbez emprendió la marcha que le conduciría a la conquista del imperio inca. Atahualpa, como es sabido, estaba en Cajamarca, donde se desarrollaron los terribles sucesos que causaron su prisión y el derrumbamiento de su Estado.
Al salir Pizarro de Cajamarca hacia Cuzco dejó encargado del gobierno de San Miguel en Piura a Benalcázar, quien habiendo oído hablar de las grandes riquezas existentes en Quito y del proyecto de Alvarado de ir a conquistarlo, decidió emprender su conquista, sin esperar la autorización de Pizarro, y siguió la calzada, con unos doscientos soldados y muchos indios auxiliares; con el apoyo de los cañaris derrotó al general inca Rumiñahui en Alausit, cerca de Riobamba, y tomó Quito, pero no halló los tesoros, sacados anteriormente y ocultos, y la ciudad estaba incendiada (diciembre de 1533).
Tras él llegó Almagro, por temor a una insubordinación de Benalcázar. Estando ambos allí llegó Pedro de Alvarado, que dejó su gobernación de Guatemala, atraído por la fama del Perú, y desembarcó en Puerto Viejo, efectuando una terrible marcha por las selvas, hasta llegar al pie de los Andes y subir a la meseta, diezmando el frío a sus auxiliares indios, para encontrar el desengaño de que se le había anticipado la hueste pizarrista (1534).
Se evitó un choque entre los conquistadores, pero Alvarado tuvo que renunciar a su proyecto y mediante 100.000 pesos de oro cedió su ejército y su flota a Almagro, en nombre de Pizarro. Para consolidar su posición frente a Alvarado habían fundado Almagro y Benalcázar la ciudad de Santiago de Quito (15-VIII-1534), en la llanura de Riobamba.
Terminado el incidente procedieron a erigir la nueva ciudad donde estuvo la capital india, con el nombre ahora de San Francisco de Quito (28-VIII-1534); nombró Almagro teniente gobernador a Benalcázar y le encomendó la fundación efectiva, para lo que repartió solares y organizó el ayuntamiento.
Siguió la campaña contra Rumiñahui, tomándole el peñón de Pillaro y capturándolo poco después; murió sin revelar donde escondió los tesoros. La muerte de Quizquiz, otro general inca, que se dirigía a Quito, terminó la resistencia. Para tener comunicación con el exterior fundó Benalcázar el puerto de Santiago de Guayaquil (25-VII-1535), pronto destruido y no consolidado hasta su tercera fundación por Orellana en 1537.
Habiendo tenido noticias de un áureo país al norte y de un cacique que se cubría el cuerpo de oro y se bañaba en una laguna, acometió Benalcázar la conquista de las regiones occidentales de la actual Colombia, las comarcas del Pasto y de Cauca hasta coincidir con Jiménez de Quesada en la meseta de Bogotá. En adelante sus conquista y su gobernación se concentrarían en aquel país.
Pizarro decidió destituir a Benalcázar y envió como juez de residencia y gobernador a Lorenzo de Aldana (1539) y nombró luego definitivamente a su hermano Gonzalo Pizarro (1540). Gonzalo emprendió inmediatamente una expedición a un supuesto país de la canela, a las selvas del oriente de los Andes, que duró dos años y fue totalmente desastrosa (1541-1542); de ella se desprendió un grupo mandado por Orellana, que en un bergantín allí construido recorrió el Amazonas hasta su desembocadura.
Repercutieron en Quito las Guerras civiles del Perú y el virrey Blasco Núñez Vela, expulsado por Gonzalo Pizarro, decidió intentar de nuevo restablecer su autoridad y desembarcó en Túmbez (1544 ), dirigiéndose a Quito y luego a Piura, donde se le juntaron muchos leales al rey, pero ante la llegada de Pizarro con mucha tropa se retiró a Quito de nuevo perseguido por Carvajal y huyó a Pasto y Popayán buscando el amparo de Benalcázar; ambos regresaron a Quito y en sus cercanías se dio la batalla de Añaquito (18-I-1546), en la cual Núñez Vela fue derrotado, y habiendo caído prisionero, se le degolló al punto. Gonzalo Pizarro quedó dueño del Perú y permaneció en Quito hasta julio de 1546, en que partió para Lima, para ser vencido y muerto por Pedro de la Gasca en 1548.
La región de Quito se había sometido fácilmente a ser conquistada y siguió la suerte del resto del Perú. Pronto comparecieron los misioneros y comenzó la labor de cristianización. En el convento de San Francisco de Quito, el padre Jodoco Ricki, flamenco, fundó la primera escuela, donde enseñaba oficios a los niños e incluso pintura y música.
Se introdujeron plantas y animales europeos; se fundaron otras poblaciones españolas, como Puerto Viejo (1535, por Francisco Pacheco, por orden de Almagro); Loja (1546, por Alonso de Mercadillo, por orden de Gonzalo Pizarro); Zamora (1549, por Mercadillo y Hernando de Benavente; más tarde Cuenca, en tiempo del virrey marqués de Cañete, por Gil Ramírez de Avalos; Jaén, al sur, hoy del Perú; en la vertiente oriental de los Andes se intentó colonizar el país de los quijos y la canela —por una especia semejante que allí se criaba— y Ramírez de Avalos fundó Baeza, Archidona y Alcalá, y Melchor Vázquez de Ávila, Ávila; pero varias de estas fundaciones orientales desaparecieron pronto.
También el marqués de Cañete dio a Juan de Salinas el gobierno de Yahuarsongo y Pacamoros (1556), al otro lado de los Andes, donde se fundaron Valladolid, Loyola, Nieva, región hoy también perteneciente al Perú. En 1545 se erigió el obispado de Quito, aunque su primer prelado llegó unos cinco años después.

25 de Julio de 1535: El último asentamiento de Santiago de Guayaquil estuvo revestido de toda la solemnidad que el caso ameritaba a orillas del río Guayas: «Orellana debió presentarse en la mañana en lo que después fue la Plaza Mayor del pueblo, luciendo sus mejores galas soldadescas llevaría celada borgoñeta con la visera levantada y, derribada sobre el hombro, una capa carmesí. Detrás de él seguirían los soldados, todos a pie y precedidos por el Alférez con su bandera y un fraile con el crucifijo. Los soldados caminarían empuñando sus espadas, el único que carecería de ella sería el escribano, el cual traería pluma, papel y tintero». – Miguel Aspiazu Carbo, Las Fundaciones de Guayaquil. IECH

Época colonial
A petición del cabildo de Quito (1560) fundó Felipe II la Audiencia de Quito en 1563, incluyendo en ella la gobernación de Popayán, o sea casi todo el occidente de la actual Colombia, con Pasto, hasta el puerto de Buenaventura por el norte, y hasta Paita por el sur; también incluía la gobernación de Juan de Salinas, con Jaén de Bracamoros, en territorio hoy peruano.
La Audiencia de Quito era del tipo llamado pretorial, en que el presidente era también capitán general y gobernador; dependía oficialmente del virrey del Perú, pero en realidad formaba una jurisdicción prácticamente independiente.
El primer presidente fue Hernando de Santillán, que inició su actuación en 1563, sin esperar a los oidores y que procedió arbitrariamente, por lo que se elevaron muchas quejas contra él y fue residenciado en 1568; pero trató de mejorar la suerte de los indios y de moderar su trabajo; también fundó el hospital de la Misericordia, primero que hubo en Quito. Vuelto a España, fue nombrado más tarde arzobispo de Charcas.
Hubo un periodo en que durante unos ocho años (1581-1587) gobernaron solos los oidores, sin presidente, sin distinguirse ni por su competencia ni por su moralidad y con choques con la autoridad eclesiástica; uno de ellos era Diego de Ortegón, casado con una descendiente de Colón; corrompida fue la época de Pedro de Venegas, cuya esposa, Magdalena de Anaya, fue durante cuatro años la verdadera dueña del gobierno.
Terminó esta situación con la llegada del presidente Manuel Barros de San Millán (1587), de larga experiencia en Indias, pero de áspero carácter, aunque también trató de mejorar la suerte de los indios, rebajando su trabajo y el número de yanaconas. Pero la imposición del tributo de la alcabala de 1592, a pesar de las advertencias del cabildo, provocó un motín popular y Barros estuvo a punto de perecer, disponiéndose la ciudad a resistir a fuerzas enviadas por el virrey del Perú; el visitador Esteban Marañón logró apaciguar el tumulto, pero terminó este trágicamente al procesar y condenar a muerte a varios de los complicados el jefe de las tropas enviadas (1593). Barros fue desterrado por su imprudente rigor.
Al comenzar el s. XVII gobernó el presidente Miguel de Ibarra (1600-1609), que contrastó con los anteriores por sus mejores condiciones; pacificó Imbabura y Esmeraldas y fundó la ciudad de su nombre (1606). Otro mandatario de renombre fue Antonio de Morga, ex gobernador de Filipinas (1615-1636), que se destacó ahora por su afán de lucro y sus inmoralidades; enviado como visitador e inquisidor Juan de Mañozca (1624), suspendió a Morga y la Audiencia y gobernó duramente intentando corregir los abusos; sus disensiones con los frailes ocasionaron su relevo (1627), continuando Morga hasta su muerte, aunque llegó después una sentencia condenatoria del Consejo de Indias.
Entre otros presidentes de escaso relieve figuran Alonso Pérez de Salazar (1637-1642), Alonso de la Peña y Montenegro, obispo de Quito, y Lope Antonio de Munive (1678-1689), de corrompida conducta este, durante cuyo gobierno los piratas atacaron las costas, saqueando Guayaquil en 1648 y de nuevo e incendiándola en 1687, repitiéndose el saqueo en 1709. Algo mejoró la situación interior la visita y gobierno de Mateo de la Mata y Ponce de León (1691-1702). Otra periódica calamidad eran las catástrofes naturales, como la última erupción del Pichincha de 1660.
Socialmente, el elemento más numeroso era el indio, exclusivo en varias regiones, sin contar las tribus de bajo nivel de civilización e insumisas de la región oriental. Formaba la clase baja de la población y su cristianización venía a ser más aparente que real; estaba sometido a la encomienda y a los trabajos forzosos, como en los obrajes o fábricas de tejidos, desarrollados por la abundancia del ganado lanar introducido por los colonizadores. Pero muchos aprendieron los oficios traídos de España y su huella se manifiesta en la decoración de los edificios.
El elemento blanco —dominante, pero poco numeroso— estaba formado, como en las demás provincias americanas, por los españoles peninsulares, con su superior categoría, funcionarios o comerciantes, y por los criollos; existía el elemento mestizo, en crecimiento, y en la cálida costa había muchos negros, más adaptados al trabajo en dicha región.
Se había intentado colonizar la zona oriental más allá de los Andes y en las riberas de los afluentes del Amazonas, y así se habían erigido las provincias de Yahuarsongo y Bracamoros al sur; Macas en el centro y Quijos y Mocoa y Sucumbíos al norte, donde surgieron poblaciones de efímera vida la mayoría, Jerez, Jaén —que subsistió—, Valladolid, Loyola, Santiago, Zamora, Baeza, Archidona, Ávila, Écija, todas en el s. XVI, destruidas por sublevaciones indias o abandonadas.

Muestra de la balsa común en las costas del Corregimiento de Guayaquil; siendo el medio de transporte usual que sobrevivió desde los indicios de la Cultura huancavilca hasta el siglo XIX. En la ilustración la realizada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en la Misión geodésica francesa.
«Dama principal de Quito y su corte indígena» (grabado anónimo) – Siglo XVII1. Española de Quito 2. Indiana de distinción (criolla) 3. Indígena bárbara 4. Nativa de Quito (mestiza) 5. Indígena viajera 6. Indiana común (criolla pobre)

Las Misiones
Más eficacia tuvieron las misiones de jesuitas y franciscanos en el s. XVII; estos en el Putumayo, Napo y el Caquetá, que sufrieron mucho por la rebelión de 1721. La región de Mainas, en el valle del Amazonas, fue intentada conquistar por Diego de Vaca de Vega, que fundó San Francisco de Borja en 1619, que luego se convirtió de base para las misiones jesuíticas, desarrolladas más firmemente desde 1638 por los padres Gaspar Cugía y Lucas de la Cueva; este intentó de evangelizar a los indómitos jíbaros, llegando a fundar un pueblo entre ellos.
El sardo Cugía desenvolvió gran actividad hasta 1653, en que se retiró, fundando doce pueblos, aunque sin el excesivo aislamiento de las reducciones del Paraguay y con dificultades por la resistencia de los indios a la vida sedentaria y sometida, pero se procuró evitar al soldado, la encomienda y el servicio personal.
El padre Cueva se retiró en 1672, después de treinta y cuatro años de trabajo; otros misioneros jesuitas de relieve fueron el padre Francisco de Figueroa, llegado en 1642, que extendió las misiones a Huallaga, que intentó en vano la conversión entre los jíbaros y que pereció violentamente en 1666, tras veinticuatro años de esfuerzos; el padre Raimundo de Santa Cruz († 1662) y el jesuita alemán padre Samuel Fritz, que evangelizó a los omaguas, aguas abajo del Amazonas, hasta la confluencia del río Negro, fundando ocho reducciones (1686-1689); pero chocó con los portugueses que remontaban el Amazonas cautivando indios; Fritz bajó a su encuentro y descendió el río hasta Pará, pero los portugueses alegaron, sin razón, que les pertenecía Omagua, y lo retuvieron dieciocho meses, logrando comunicar su situación al fin y ser libertado, regresando Amazonas arriba en 1691, y se dirigió a Lima para exponer al virrey que Portugal no debía pasar 4.° 2/3 de la boca del río hasta la confluencia del río de Pinzón; el resto, hasta 9.° al este del río Negro, correspondía a España; fruto de sus viajes fue el primer buen mapa del valle del Amazonas (1707).
En 1697 llegaron a la misión más oriental soldados y misioneros portugueses, con el pretexto de pertenecer aquel país a Portugal, con protesta del padre Fritz. En 1691, por orden de la Audiencia, se llevaron colonos blancos e indios capturados a los jíbaros, fundado Logroño, por creer que había oro; fracasó el intento, chocando una vez más la expedición militar con la reducción pacífica, que resultaba así perturbada.
En 1687 la Audiencia de Lima dividió el territorio misional, adjudicando a los jesuitas hasta los Conibos, entre el Huallaga y el Ucayali, y a los franciscanos este río arriba; pero aquellos consiguieron después el derecho de remontar el Ucayali hasta el río Perene, al Sur de la Pampa del Sacramento, en territorio hoy peruano y boliviano.
Los misiones de Mainas comprendían en 1727 setenta y cinco pueblos. Eran de suma dificultad estas misiones, por el tremendo obstáculo de la selva, el salvajismo de los indígenas y las epidemias que los diezmaban, sin recursos para combatirlas; las expediciones militares contra jíbaros o motilones perturbaban a los indios sometidos.
Sirvió la obra misional también para la exploración geográfica, pues los misioneros hubieron de descubrir nuevas rutas. En 1637 los legos franciscanos Domingo Brieva y Andrés de Toledo, con unos soldados y una canoa recorrieron el Aguarico, Napo y Amazonas hasta Pará, repitiendo el viaje de Orellana. Este viaje despertó en los portugueses el deseo de traficar con Quito, y Pedro de Teixeira remontó el Amazonas con los dos legos dichos hasta llegar a Quito; entonces aún estaba unido Portugal a la corona española.
El virrey y la Audiencia decidieron explorar el Amazonas y enviaron a los jesuitas Cristóbal de Acuña y Andrés de Artieda (1639), que con los portugueses llegaron a Pará y vinieron a Europa para referir al rey la empresa, pero la separación de Portugal impidió proseguir los planes; Acuña redactó su relato Nuevo descubrimiento del gran río de las Amazonas (M. 1641). El citado padre Santa Cruz recorrió río arriba el Huallaga, Marañón y Napo y halló un camino muy breve de Napo a Quito (1654), que fue el usual en adelante. Ya se ha aludido al padre Fritz y a su labor exploradora y cartográfica.

Arte y Cultura
El territorio de Quito sería uno de los más brillantes focos artísticos de la América española. Ya en los primeros tiempos los franciscanos fray Jadoco Ricke, flamenco, y fray Francisco de Morales, fundan una Escuela de Bellas Artes, donde aprovecharon las aptitudes de los indios y educaron numerosos artífices indígenas, y allí enseñó otro flamenco, fray Pedro Gosseal, pintor, que desarrolló una intensa labor.
En el siglo XVI se levantó el templo de San Francisco en Quito, gótico y mudéjar. El barroco tuvo un extraordinario y suntuoso desarrollo, con riquísima decoración, obra de los artistas indios, y continuando la tradición mudéjar, destacando los templos de la Compañía (terminado en 1689), Santo Domingo, San Francisco y San Diego.
También adquirió gran importancia la imaginería, influida por Montañés y los talleres sevillanos, y con obras importadas y sobre todo realizadas en el país, como las realizadas en el taller del padre Carlos (segunda mitad del s. XVII), autor de algunas de las más bellas imágenes sudamericanas; José Olmos Pampite, autor de crucifijos muy realistas, y el indio Manuel Chill Capiscara (siglo XVIII), autor del Calvario de la Catedral.
La pintura ofrece a Miguel de Santiago (siglo XVII), que pintó las series de lienzos de San Agustín y de Guápulo; y Nicolás Javier de Goríbar, su discípulo, que hizo las grandes figuras de profetas de la iglesia de la Compañía. La carpintería de lo blanco o talla en madera adquirió un extraordinario desarrollo, formándose una de las escuelas más bellas de la América española y manifestada en techumbres de estilo morisco, púlpitos, retablos y muebles litúrgicos.
La enseñanza superior contó con nada menos que con tres centros titulados universidades, aunque de escasa altura en general: la de San Fernando, de los dominicos; la de San Fulgencio, de los agustinos; y la de San Gregorio Magno, de los jesuitas (1620), con reducido número de alumnos en todas.
Destacaron más San Fernando y San Gregorio, que educaron individuos selectos y de las que salieron bastantes obispos. El primer centro fue el seminario de san Luis, de los jesuitas, del que salió su universidad citada.
En Quito nació el prelado Gaspar de Villarroel (1587-1665), arzobispo de Charcas y autor del Gobierno eclesiástico pacífico, sobre derecho indiano. Figura atractiva es la de la quiteña Mariana de Jesús Paredes (1618-1645), la Azucena de Quito, canonizada en 1950.
El siglo XVIII
Al crearse el virreinato de Nueva Granada en 1718 se suprimió la Audiencia de Quito, incorporándose a aquella jurisdicción; pero suprimido a su vez el nuevo virreinato se restableció la Audiencia de Quito (1722), aunque dependiente del virreinato peruano, hasta 1739, en que se restableció el virreinato de Nueva Granada, del que dependió Quito, pero conservando la Audiencia.
Comprendía Jaén de Bracamoros, hoy peruano, y Pasto, de Colombia. Comprendía la Audiencia los gobiernos de Quito, con el territorio de Esmeraldas; Popayán, —luego segregado, pero conservó Pasto— y los de Quijos, Macas, Jaén y Mainas, en zona india y misional; había siete corregimientos, de los cuales en el de Guayaquil se titulaba gobernador su corregidor. En 1803 se segregó Guayaquil del virreinato de Nueva Granada y se agregó al de Perú, lo que duró hasta 1819.
En este siglo se erigió Cuenca en obispado y también se elevó Mainas a esta categoría, en 1802, al mismo tiempo que se le segregaba teóricamente de Quito para unirla al Perú.
Entre los principales presidentes figuran Dionisio de Alcedo (1728-1736), modelo de gobernantes, pero bajo cuyo mando el país fue azotado por múltiples calamidades naturales; procuró restablecer la normalidad y efectuó mejoras urbanas; la destitución del rector del colegio de la Compañía por un visitador de la orden y su sustitución por un amigo de Alcedo provocó disturbios y sirvió de pretexto a manifestaciones contra los peninsulares.
Bajo el peruano José de Araujo, acusado de favorecer el contrabando, llegó la comisión de los académicos franceses Godin, Bouguer y La Condomine, con los españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa, para medir un grado de meridiano (1736-1743). En 1740 el almirante inglés Anson destruyó Paita. El granadino Juan Pío de Montúfar, marqués de la Selva Alegre, obtuvo la presidencia por 32.000 pesos entregados al tesoro (1753-1761) y fundó una estirpe que trabajó después por la independencia.
En 1765 estalló una violenta insurrección en Quito, motivada por el estanco del aguardiente y el establecimiento de la aduana, destruyéndose edificios y género, pero luego degeneró en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados de la ciudad, marcando un tono nacionalista; las autoridades hubieron de acceder a las exigencias de los rebeldes, pero la llegada de 600 soldados desde Guayaquil restableció el orden; el motín había sido obra de la ínfima plebe, pero probablemente excitada por gentes de más categoría.
Bajo José Diguja (1767-1778), uno de los mejores gobernadores, se procedió a la expulsión de los jesuitas, en número de unos 200; sus bienes eran considerables y bien organizados y explotados, con un centenar de buenas haciendas. Con su expulsión sufrió la enseñanza, pues regían la Universidad de San Gregorio Magno y los mejores centros del país.
José García de León y Pizarro (1778-1784) envió grandes cantidades de dinero al gobierno y restableció el estanco del aguardiente. Uno de los últimos buenos gobernadores fue el barón de Carondelet (1798-1806), antes gobernador de Luisiana. En 1793 se habían explotado las islas de los Galápagos, abandonadas y punto de escala de piratas y balleneros.
La situación social era deficiente, por la mala condición en que se hallaban los indios, y de este territorio trazaron un sombrío cuadro las Noticias secretas de Jorge Juan y Ulloa. El país era pobre y el nivel en general, bastante bajo en las masas. Situación agravada por terremotos y erupciones del Cotopaxi y Tunguragua de 1768 y 1773 y la gran catástrofe sísmica y volcánica de 1797, que destruyó Ambato y Riobamba. La Iglesia disponía de grandes riquezas, existiendo a fines del siglo XVII 42 conventos en Quito y a fines del XVIII había unos dos mil eclesiásticos en el territorio.
La población, según el censo de 1779, ascendía a 442.000 habitantes, de ellos unos 100.000 indios y solo cerca de 40.000 blancos; al consumarse la independencia se calcula en unos 550.000. La base de la economía era la agricultura, habiéndose introducido cultivos europeos y tropicales, al lado de los indígenas, y la ganadería; predominaron el trigo y la caña de azúcar para el consumo interno, y el caco y el tabaco en el litoral.
Aunque se explotó algo el oro, el país no era propiamente minero. La industria consistía en los obrajes de paños, que incluso se exportaban al Perú; y en varias producciones derivadas de la agricultura, para uso local, como aguardiente y alfarería; también se exportaban obras de arte religioso; en la costa había construcción naval. El comercio era limitado, exportándose cacao a México y luego los productos referidos.
La cultura ofrece en este siglo aspectos de interés. Los jesuitas introdujeron la imprenta en Ambato en 1754, aunque ya en 1707 se grabó el mapa de Fritz. Ya a comienzos de siglo los jesuitas padres Magnin y Larrain introducían a Descartes, Newton y Leibniz en sus enseñanzas y luego renovó el pensamiento el padre Juan Bautista Aguirre, asimismo jesuita.
En el promedio del siglo hay tres personalidades de relieve en la cultura: el jesuita padre Juan Antonio de Velasco (1727-1792), autor de una Historia del Reino de Quito, primera historia documentada del país, que quedó entonces inédita, y de un mapa del territorio; el naturalista Pedro Francisco Dávila, cuyas colecciones sirvieron de base al Museo de Ciencias Naturales de Madrid; y el geógrafo Pedro Vicente Maldonado (1709-1748), autor del mejor mapa del país, explorador de la zona amazónica y que con gran esfuerzo abrió el camino de Esmeraldas; en Europa fue nombrado académico correspondiente de la Academia de Ciencias de París.
El presidente Dionisio de Alcedo se interesó por el país y redactó un Compendio histórico de la provincia de Guayaquil, y en Quito nació su hijo Antonio Alcedo, autor del Diccionario geográfico-histórico de las Indias Occidentales.
La figura más importante de fines de siglo es la de Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo, representante de los más avanzado de la Ilustración y conspirador separatista, secretario de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, fundada en 1791; director de la primera biblioteca pública, a base de los fondos de los jesuitas (1792) y editor del primer periódico, Primicias de la cultura de Quito (1792).
A fines de la época colonial brillarían José Mejía Lequerica, diputado en las Cortes de Cádiz, y el poeta José Joaquín de Olmedo, asimismo miembro de ellas y cantor de la independencia. En 1802 llegó Humboldt que efectuó intensas exploraciones y estudios en el territorio. En 1786 se fundó una cuarta universidad, la Real de Santo Tomás y otros centros.
No hubo muchas escuelas y la expulsión de los jesuitas cerró algunos de sus colegios privando de ellos a sus respectivas localidades; a fines del XVIII se fundaron algunas escuelas femeninas en conventos.
En cuanto al Arte cabe recordar la protección del presidente Diguja a una fábrica de loza artística, obra del español Salvador Sánchez Pareja, que produjo obras apreciadas por el rey y que rivalizaban con las coetáneas de Europa, aunque falta de suficiente protección oficial concluyó en 1778.

La bandera y escudo colonial de Guayaquil durante el tiempo que fue una provincia de la América española
Bandera y escudo de la Ciudad de San Gregorio de Puertoviejo

La Independencia
Pocos precedentes próximos tuvo la independencia del territorio de la Audiencia de Quito, siendo de señalar la sublevación contra el estanco de aguardientes y la aduana en 1765, obra de la ínfima plebe de Quito, convertida pronto en movimiento contra los chapetones o peninsulares, que fueron expulsados por breve tiempo, y rebeliones de indios indistíntamente contra los blancos.
Existía, como en los demás países, rivalidad contra el español, por parte del elemento mestizo en especial y del clero dentro de él, y adelantando el siglo XVIII por parte de la aristocracia criolla, irritada por la exclusión de los altos cargos y deseosa de regir sola el país.
Ideas separatistas y republicanas profesaba el mestizo Eugenio de Santa Cruz y Espejo, la principal figura de la Ilustración ecuatoriana (1747-1795), médico y abogado, que propagó con si ingeni satírico sus ideas en el Nuevo Luciano, lo que le valió un proceso y un destierro a Bogotá donde trató a Nariño; al regreso formó parte como secretario de la Sociedad patriótica de Amigos del País y publicó en 1792 el primer periódico de allí, Primicias de la cultura de Quito; asimismo fue director de la biblioteca pública; por incitaciones a la rebeldía fue encarcelado en 1795 y murió en la prisión. Su ideología procedía de la Enciclopedía y de la Revolución francesa. Influyó sobre un grupo aristocrático, cuya principal personalidad era la de Juan Pío de Montúfar, marqués de Selva Alegre (n. 1762), imbuido de tendecias separatistas.
La Primera Revolución
Al conocerse los sucesos de 1808, se organizó inmediatamente una conspiración para formar una Junta como las de España, pero con carácter de gobierno nacional; en ella entraba el marqués y otros elementos de la alta sociedad quiteña, los doctores Antonio Ante, Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga y el capitán Juan Salinas (XII-1808).
Tuvo noticia el presidente de la Audiencia, Manuel Urríes, conde Ruiz de Castilla, y apresó a los conjurados (II-1809), pero estos hicieron desaparecer el sumario. Reanudaron enseguida la conspiración y en ella entró lo más selecto del elemento criollo, incluso el obispo y parte de las tropas. Preparado el plan en casa de Manuela Cañizares, estalló por sorpresa el movimiento el 10-VIII-1809; se depuso a Ruiz de Castilla, y sin hallar resistencia se formó la Junta Soberana, presidida por Selva Alegra, con el prelado José Cuero y Caicedo, que era criollo, y tres miembros a modo de ministros, Quiroga, Morales y Juan Larrea.
Era la segunda revolución de este tipo y con este método que estallaba en América, habiéndola precedido brevemente la de Charcas y la formación de las juntas de Chuquisaca y La Paz (25-V y 16-VII-1809); un cabildo abierto el 16-VIII confirmó lo hecho. Como en movimientos análogos se proclamaba la fidelidad a Fernando VII, defensa de la religión y de la patria, que era la tierra natal, y actuaba como un verdadero gobierno nacional.
Comunicó su formación la Junta a los virreyes próximos y agitó los espíritus en Santa Fe, donde encontró muchos simpatizantes. Pero el movimiento de Quito había sido obra exclusiva de un grupo restringido, tanto que no halló eco en la masa popular mestiza ni india ni en el resto del país, rechazándose violentamente en Guayaquil, Cuenca y Pasto; en la primera fue detenido Vicente Rocafuerte, famosa figura de la época independiente. De Cuenca era gobernador Melchor Aymerich, que defendió enérgicamente la causa española.
Además, bloqueado el país entre Nueva Granada y el Perú, sus virreyes, Amar y sobretodo el enérgico Abascal y el gobernador de Popayán, Miguel Tacón, se dispusieron a reprimir un hecho, cuyo alcance no se les escondía; Abascal envió un ejército peruano bajo Manuel Arredondo. Contra Pasto se envió una hueste patriota, al mando del republicano Francisco J. Ascásubi, que, mermada por las deserciones, fue derrotada por las milicias de aquella región, hondamente realista.
Carecían de dotes políticas los nuevos gobernantes y dimitió Selva Alegre (13-X-1809), asumiendo su sucesión Juan José Guerrero, conde de Selva Florida. Ante el fracaso, la Junta se disolvió el 25 de octubre y Selva Florida devolvió el mando a Ruiz de Castilla, quien prometió no perseguir a los patriotas.
Pero cuando llegó Arredondo (24-XI) con sus tropas y otras reclutadas en el mismo país anuló el perdón y encarceló a 84 de los más comprometidos (4-XII-1809) y a otros muchos menos importantes. La persecución y las amenazas afectaron ya a elementos populares, entre quienes empezó a difundirse la idea derrotada. El fiscal Tomás de Aréchaga incoó un amplio proceso contra los comprometidos.
Los atropellos de los peruanos fomentaron una nueva sublevación de tipo popular el 2-VIII-1810, que por sorpresa intentó libertar a los presos, pero las tropas reaccionaron violentamente, y en la lucha hicieron perecer a 72 de los principales presos, entre ellos los tres ministros, Ascásubi y Salinas, muriendo varios cientos de personas en las calles y procediéndose luego al saqueo.
Dos días después, sin embargo, se reunió una junta de notables, y el obispo y otras personas de significación protestaron contra lo ocurrido y los desmanes de la tropa y consiguieron que esta fuera alejada, tomándose otros acuerdos, que equivalían al triunfo de los patriotas.
El 12 de septiembre llegó Carlos de Montúfar, hijo del marqués de Selva Alegre, comisionado de la regencia de España y partidario del movimiento reprimido, quien instaló de nuevo una Junta Superior de Gobierno (19-IX), acordada ya en la reunión del 4-VIII, presidida por Ruiz de Castilla, y con participación de él mismo, de su padre, del obispo y representantes de los principales elementos sociales, y organizó un ejército criollo (22-IX), comunicando su constitución a las autoridades de los países vecinos, y recibió incluso la aprobación de la Regencia.
Guayaquil y Cuenca no se adhirieron y Abascal decidió combatir la nueva Junta, nombrando presidente de la Audiencia a Joaquín Molina, que llegó a Guayaquil en XI-10, pero no fue admitido en Quito. Ruiz de Castilla, muy viejo y juguete de los demás, abandonó la nominal presidencia de la Junta (11-X-1811), sucediéndole el obispo.
Las tropas de la Junta atacaron a Arredondo en Guaranda y se apoderaron de Pasto (comienzos de 1812), pero cundieron las disensiones, por la rivalidad entre la familia Montúfar y la del marqués de Villa Orellana, siendo sustituido Carlos Montúfar y reemplazado por el cubano Francisco Calderón, que no pudo tomar Cuenca, cuya población era hostil; mientras Abascal había sustituido al inepto Molina por un jefe más enérgico, Toribio Montes.
Depuesto Calderón, la amenaza de invasión irritó los ánimos, y Ruiz de Castilla fue atropellado por las turbas, dejándose morir de hambre por no ser fusilado. Había honda división entre el elemento aristocrático, conservador y monárquico, y el popular y mesocrático, en el que cundían las tendencias republicanas y francamente separatistas, sin los disimulos de aquellos.
Se convocó un Congreso, reunido el 4-XII-1811, presidido por el obispo, que propuso la declaración de la independencia, acordada el 11-XII; era el segundo país hispanoamericano que la declaraba oficialmente (el primero había sido Venezuela; un mes antes lo había hecho Cartagena de Indias).Aún había partidarios de reconocer por rey a Fernando VII, y este criterio, con influjos de la ideología revolucionaria francesa —libertad, soberanía popular, derechos del hombre, pacto social—, procedentes de Nariño y Espejo, se impuso en la Constitución del 15-II-1812 Pacto solemne de la Sociedad y Unión entre las provincias que forman el Estado de Quito, que instauraba un Supremo Congreso de elección popular; el tono monárquico procedía del partido de los Montúfar; los partidarios de Villa Orellana (sanchistas por llamarse Sánchez Carrión) y los republicanos se trasladaron a Latacunga, para formar otro Gobierno, derribaron a los montufaristas y persiguieron a sus jefes. Estas disensiones favorecieron la campaña españolista llevada por Montes, Aymerich y Juan de Sámano.
La Restauración Española
Preparado el ejército, derrotó Montes en Mocha a los insurgentes, mandados por el doctor Antonio Ante (2-X-1812); las medidas enérgicas de la Junta fueron estériles, minada la resistencia por los particularismos y la falta de ambiente en muchas regiones y sectores, y Montes entró en la capital el 8 de noviembre; Sámano derrotó en San Antonio de Ibarra, finalmente, a los patriotas, mandados por Feliciano Checa (1-XII), y fusiló a Calderón. Fueron castigados los que no huyeron, y Carlos Muntúfar fue fusilado en 1816 en Nueva Granada, a raíz del triunfo de Morillo.
Pero Montes no extremó el rigor sangrientamente, procediendo a procesos y destierros, como el de Ante, y logrando restablecer la paz. En los años siguientes se luchó en las regiones de Pasto y Popayán contra los insurgentes granadinos, llevando la lucha Aymerich, y cayó prisionero Nariño en 1814.
Quito estuvo bien representado en las Cortes de Cádiz por el poeta José Joaquín Olmedo y por José Mejía Lequerica (1775-1813), la figura más destacada de los diputados americanos, de los que vino a ser jefe, liberal y exaltado, que tomó parte muy activa en las deliberaciones, siempre en sentido reformista y revolucionario, y que defendió a América y el movimiento emancipador. En las Cortes ordinarias fue diputado Rocafuerte.
A Montes sucedió en la presidencia Juan Ramírez (1817) que mantuvo la autoridad española con severidad, y luego Aymerich (1819). Guayaquil había sido agregado al virreinato del Perú en 1803, y desde 1807 solo en lo militar; Abascal lo unió de nuevo al Perú a raíz de las primeras revoluciones, pero el rey lo incorporó otra vez a la Audiencia de Quito en 1819. En 1816 rechazó un ataque marítimo de Brown.
La Emancipación
El 9-X-1820, cuando la causa española presentaba mal aspecto en el resto del continente, estalló una sublevación por la independencia en Guayaquil, dirigida por José de Villamil, los venezolanos León de Febres Cordero y Luis Urdaneta y el comandante militar peruano Gregorio Escobedo; reprimieron duramente a los realistas con el terror, y Febres, nombrado por un cabildo abierto, rehusó el gobierno, que ejercía una Junta de Guerra, y que se encomendó a Olmedo, que convocó una asamblea de la provincia para decidir el futuro de Guayaquil, que se reunió el 8-XI, promulgó un reglamento constitucional y dejó indeciso el porvenir, pues había partidarios de la unión a la Colombia de Bolívar y al Perú de San Martín; se pidieron auxilios a ambos y Bolívar envió tropas mandadas por José Mires.
Se formó otra Junta, presidida por Olmedo. San Martín envió armas y un representante, Tomás Guido, para gestionar la unión con el Perú. Aymerich preparó rápidamente tropas, que derrotaron a las independientes de Luis Urdaneta en Huachi (22-XI-1820) y a otros en Verdelona y Tanizahua (3-I-1821).
En mayo de 1821 llegó a Guayaquil Antonio José de Sucre con 700 combatientes enviado por Bolívar, con la misión fundamental de obtener la unión de la ciudad a Colombia; por lo pronto solo consiguió de la Junta que se pusiera bajo la protección de aquella república (15-V). Sucre derrotó a Francisco González en Yauachi (19-VIII-1821), pero sus tropas fueron derrotadas en Huachi de nuevo (12-IX); una vez más los independientes tuvieron que reprimir las reacciones realistas, reveladoras de la falta de unanimidad que hallaba el nuevo régimen.
Bolívar estaba detenido ante la resistencia de Pasto y la energía de Aymerich amenazaba seriamente el movimiento insurgente, obligando al Gobierno de Guayaquil a pedir auxilio a San Martín, quien envió un contingente con argentinos y chilenos, mandados por Andrés de Santa Cruz (II-1822).A fines de 1821 había llegado el nuevo capitán general de Quito, Juan de la Cruz Mourgeon, virrey nominal de Nueva Granada, humano y de idas liberales, que murió a poco, continuando Aymerich con el mando. Sucre emprendió la campaña decisiva a comienzos de 1821; se unió a Santa Cruz y se apoderó de Cuenca y Loja y avanzó sobre Quito, sorprendiendo a Aymerich, al pie del Pichincha, donde se dio la batalla final de 24-V-1822; vencido Aymerich se rindió y entregó la capital, donde se proclamó la independencia el día 29, agregándose a la República de Colombia, creada por Bolívar, como tercer gran departamento suyo o distrito del Sur, agregación ya acordada en el Congreso de Angostura de 1819.
Quito en la Gran Colombia
La caída de Quito arrastró la de Pasto, y Bolívar pudo llegar allí poco después —el 16 de junio— y a Guayaquil (11 de julio) y sancionó la anexión del último contra la Junta y el Municipio, partidarios de la Independencia, y contra los partidarios del Perú, disolviendo aquella y reuniendo una Asamblea Provincial, que votó la incorporación a Colombia (31-VII-1822)
Igualmente, en Quito hubieron de callar los viejos patriotas, que preferían la independencia del país. El 25 de julio había llegado San Martín y celebró con Bolívar la célebre entrevista en que tuvo que inclinarse ante el caudillo venezolano, irreductible en la cuestión de Guayaquil, y en otras, como la del régimen republicano para las nuevas naciones. Permaneció Bolívar en territorio ecuatoriano, atendiendo a las rebeliones de Pasto y a la guerra en el Perú, hasta que en VIII-1823 partió de Guayaquil para concluir la emancipación peruana.
La región de Quito fue la más sacrificada en los últimos años de la guerra, por el agotamiento a que habían llegado Nueva Granada y Venezuela, y hubo de proporcionar grandes contingentes de soldados y de dinero, extraídos sin contemplaciones, a pesar de que también había padecido mucho el país. Sucre, intendente algún tiempo, supo por su rectitud atenuar la dureza de la situación.
De 1822 a 1826 para las expediciones militares se sacaron de las cajas del país 1.669.202 pesos frente a 160.223 de Venezuela y 426.677 de Nueva Granada, y se calcula que de 1810 a 1820 perdió el país por muertes o dispersión la sexta parte de su población. En 1824 se dio el nombre de Ecuador al departamento de Quito, uno de los tres en que se subdividió el distrito Sur de la Gran Colombia o Quito; los otros fueron Azuay y Guayaquil.
Las aspiraciones sobre Guayaquil causaron la guerra de 1828, en la que la derrota del presidente peruano Lamar por Sucre en el Portete de Tarqui (27-II-1829) aseguraron Guayaquil a la Gran Colombia. A fines de 1826 reunió Bolívar los departamentos del Sur (Guayaquil, Azuay y Quito) en una sola jurisdicción bajo un solo jefe con facultades extraordinarias en los militar y en lo civil, consecuencia de la actitud rebelde de Páez en Venezuela, que quedaba así cohonestada, y a la par se reconocía la realidad de la existencia de tres naciones con aspiraciones e intereses propios, aunque se movieran entonces solo según la voluntad de sus caudillos; la unión efectuada por Bolívar resultaba forzada y no sentida.
Para el mando del Sur nombró al general venezolano Juan José Flórez, llamado Flores usualmente, ya muy vinculado a Quito (1827), donde era comandante general. Ambicioso, se apoyó en el sentimiento autonomista quiteño, y al sobrevenir la disolución de Colombia por la separación de Venezuela y la renuncia de Bolívar, reunió una asamblea de personalidades, que acordó separarse de Colombia y erigir el país en Estado independiente (13-V-1830).
Flores convocó una convención en Riobamba (14-VIII-1830) que sancionó la separación y dio al Estado el nombre de República del Ecuador. España reconoció la independencia en 1840.

Firma del Acta de Independencia entre Antonio José de Sucre y Melchor Aymerich después de la Batalla de Pichincha

Ecuador Independiente
La historia del Ecuador independiente ofrece los rasgos considerados típicos de las repúblicas hispanoamericanas en el siglo XIX, es decir la inestabilidad, la falta de adecuación entre las instituciones y la realidad política, militarismo, revoluciones y dictaduras, prolongándose esta situación más que en otros países, que superaron más o menos dicha etapa.
También se ha caracterizado por la aspereza y la violencia con que han luchado conservadores y liberales, en torno principalmente de la cuestión religiosa, y por la constante rivalidad entre Quito y Guayaquil, representante el primero del elemento conservador y el segundo de la burguesía liberal.
Flores y sus sucesores
Juan José Flores hizo adoptar en 1830 una constitución centralista, que le permitiera ejercer la presidencia, a pesar de ser venezolano, y que mantenía la unidad religiosa. Duraron largo tiempo su mando y su influencia en forma seguida y discontinua, pero carecía de condiciones para enfrentarse a los problemas acuciantes o para sacar el país del estado en que le había sumido la crisis de la independencia y las guerras sufridas.
Vino a representar la tendencia conservadora. Quiso incorporar al Ecuador las regiones meridionales de Nueva Granada, Pasto, Popayán y Buenaventura, que habían estado representadas en la convención de Riobamba y se habían alzado contra el presidente Urdaneta, pero la inestabilidad de su situación obligó a Flores a renunciar a aquellos territorios y el Cauca quedó definitivamente en Colombia, por la declaración de la convención neogranadina de 1831, la reconquista de Pasto por Obando y el tratado aquí firmado en diciembre de 1832 con Flores.
Hubo de hacer frente este a muchas sublevaciones, y al más fuerte, la del partido liberal encabezada por Vicente Rocafuerte (1833), pero Flores se lo atrajo en 1834 y le cedió la presidencia en 1835.Rocafuerte (1783-1847) quiso reformar el Estado y una nueva asamblea dio otra constitución con dos cámaras. Se esforzó en fomentar la enseñanza y la economía, e instituyó el jurado.
En 1839 volvió Flores al poder y aspiró a hacer vitalicio su gobierno; una convención en 1843 vino a asegurar sus deseos con la reelección por ocho años. Pero se alzaron los liberales, en Guayaquil, y lo derribaron (1845), aunque enviándolo a Europa con una buena subvención.
Del gobierno provisional había formado parte el poeta Olmedo. Una nueva asamblea eligió presidente a Vicente R. Roca (1846), que gobernó constitucionalmente hasta 1849. Comenzó así una etapa llamada marcista (por haber ocurrido la revolución en marzo), de carácter civil y nacionalista.
Entre tanto Flores en Europa se puso en contacto con algunos políticos españoles, como el duque de Rivas y Martínez de la Rosa, y propuso la restauración de la monarquía en Quito, coronando rey a un hijo de María Cristina y del duque de Riansares, bajo la tutela suya, desde luego; María Cristina oyó con agrado estos planes y comprometió a Istúriz, jefe de gobierno a la sazón, y Flores hizo preparativos en Inglaterra para una expedición (1846-1847); pero aireado el plan, se le combatió en España y se desechó.
Hasta 1860 rigió el referido régimen, pero con desorden y falta de estabilidad en el poder. En 1850 un pronunciamiento encumbró a Diego Noboa, derribado a su vez por el general José María Urbina al año siguiente, quien gobernó hasta el año 1856; tuvo que rechazar una tentativa de Flores, apoyado por el Perú y desarrolló una política dictatorial y anticlerical.
En 1853 quedó abolida la esclavitud.  Impuso como sucesor al general Francisco Robles, pero siguió gobernando de hecho y quiso trasladar la capital a Guayaquil e hipotecar al extranjero las islas Galápagos.
Cundió en 1859 la anarquía, fueron expulsados Robles y Urbina y tiranizó el país Guillermo Francisco, que reconoció al Perú derecho sobre algunos territorios ecuatorianos según la Real Cédula de 1802.
El Régimen de García Moreno
Desde la caída de Flores se habían comenzado a perfilar los partidos políticos, aunque dominó el personalismo y se impuso el militarismo con Urbina y sus sucesores. El problema religioso se había manifestado primeramente en la aplicación rígida del Patronato de la Constitución de 1830 y las siguientes, quedando la Iglesia sometida al Estado y relajándose o viéndose intervenida. El régimen liberal de Urbina separó la Iglesia del Estado y expulsó a los jesuitas.
Para combatir a Urbina regresó el viejo Flores, llamado por García Moreno y derribaron a aquel. Gabriel García Moreno (1821-1875) era hombre culto, de varios estudios, abogado, había presenciado en Francia la revolución de 1848 y, ferviente católico, tenía honda aversión al liberalismo anticlerical como también al militarismo.
Se propuso tanto reprimir este como llevar a cabo una tarea de reconstrucción cristiana del Estado mediante una férrea dictadura que ejerció durante quince años, directamente, salvo dos intervalos de presidentes hechura suya (1865-1869), habiendo depuesto por otro golpe al segundo y asumido de nuevo el poder. Con él colaboró el viejo Flores, a quien había combatido años antes duramente y a pesar de las diferencias ideológicas que los separaban, y que murió en 1864.
Ya en su primera etapa (1861-1865) García Moreno firmó un concordato con la Santa Sede (1862), que concedía extraordinarios privilegios a la Iglesia, únicos en los Estados del siglo XIX; entregó la enseñanza a las órdenes religiosas, Hermanos de las Escuelas Cristianas y jesuitas, consagró el país al Corazón de Jesús, y protestó contra la supresión de los Estados Pontificios, mereciendo que Pío IX le declarara hijo predilecto de la Iglesia; no obstante trató igualmente de moralizar al clero del país.
Por otra parte fue un gobernante progresista: mejoró la hacienda, hizo comenzar la construcción de una carretera a Guayaquil, para consolidar la unión nacional, fomentó la economía, se preocupó de la moralidad de los ciudadanos, modificó el código penal, moralizó la administración y llevó técnicos extranjeros. En 1869 hizo promulgar otra constitución que aseguraba el poder casi absoluto del presidente y su reelección.
Se apoyó García Moreno en Quito y en el clero y la aristocracia latifundista del interior; gobernó duramente contra sus enemigos, reprimiendo sus rebeldías y ejecutando a los jefes alzados, como el general Maldonado, y su dictadura pareció necesaria a muchos por la pobreza del país y el desorden que había dominado hasta entonces.
Declaró la guerra a España cuando la guerra del Pacífico. Pero su política hizo cristalizar el partido liberal en forma más orgánica y fue objeto de violentos ataques por escrito, en parte por el escritor Juan Montalvo, y de conjuras, víctima de una de ellas cayó asesinado en 1875. En 1871 había hecho la paz con España.

El Presidente Gabriel García Moreno junto a los padres jesuitas, Quito.

Progresismo y liberalismo
Después de la muerte de García Moreno gobernaron los conservadores, aunque no dejó partido propio que siguiera su política, tan excepcional. El progresismo fue un intento de apertura política. Sus sucesores fueron de menor relieve: Veintemilla, 1876-1883; José Plácido Caamaño, 1884-1888, que intentó gobernar como García Moreno; Antonio Flores, hijo del fundador de la república, 1888-1892, que dio más libertades; el liberal Luis Cordero, 1892-1895.
En 1895 triunfó el liberalismo radical con Eloy Alfaro (1895-1897 y 1906-1911), que gobernó dictatorialmente y desenvolvió una política anticlerical contraria a la Iglesia, mediante una agudización del Patronato y después por la Constitución de 1906, que separó la Iglesia del Estado. En su tiempo se llevó a cabo el ferrocarril de Quito a Guayaquil. El intermedio del presidente Leónidas Plaza (1901-1905) representó una época de más moderación. La oposición de Alfaro culminó en su caída y en su asesinato por las turbas en 1912.
Gobernó Plaza en tono anticlerical, pero con la oposición implacable del alfarismo, y después Alfredo Baquerizo (1916-1920), que hizo frente a la crisis provocada por la Gran Guerra; mejoró la hacienda y fomentó la enseñanza primaria y fue saneado Guayaquil de sus endemias.
José Luis Tamayo (1920-1924) buscó la colaboración conservadora y llevó a cabo un protocolo con Colombia para arreglar el problema de límites, Pero la inflación agravó la crisis y el descontento y para contener la oposición se hizo elegir a un liberal radical, Gonzalo Córdova (1924-1925), destituido por su incapacidad por un pronunciamiento, que elevó a Isidro Ayora (1926-1931), hombre austero, que intentó una reforma económica y financiera, fomentó las obras públicas y la enseñanza, con profesores extranjeros y mejoró el ejército y dio una nueva constitución por medio de otra Asamblea Constituyente, la cual abolía la reelección y aseguraba todas las libertades.
Tendencias hasta mediados los años sesenta
Durante varios años hubo una serie numerosa de presidentes de efímera duración, entre ellos por primera vez José María Velasco Ibarra (1934-1935), que obligó a los bancos a invertir su capital y parte de los depósitos en empresas.
Al lado de los partidos clásicos liberal y conservador había surgido la Alianza Democrática; triunfaron los primeros en 1940 con Carlos Alberto Arroyo del Río (1940-1944), que no pudo evitar el desorden político; cedió bases a los Estados Unidos en la islas Galápagos, recibiendo un empréstito para reformas sanitarias y de comunicaciones y el conflicto fronterizo con el Perú por las regiones orientales se agravó en 1941 por haber invadido los peruanos la provincia de El Oro y fue resuelto por la III Conferencia de Cancilleres de América por el protocolo de paz, amistad y límites de Río de Janeiro en 29-I-1942, impuesto al Ecuador y que le privó de sus regiones trasandinas, según la tesis peruana apoyada por la real cédula de 1802, mientras el Ecuador sostenía la validez de la de 1563 que erigió la Audiencia de Quito.
Así quedó reducido el Ecuador a una superficie de 270.670 km2 y a la costa y a la meseta, perdiendo unos 174.000 km2; aunque oficialmente fue aceptado este fallo por el Ecuador, no se ha resignado a tan considerable pérdida, que le priva de la salida al Amazonas.
Derribado Arroyo en 1944 por una revolución de la Alianza Democrática, le sucedió Velasco Ibarra, que gobernó con arbitrariedad y en continua anormalidad y depresión económica hasta que cayó por un golpe militar en 1947. Galo Plaza (1948-1952) cumplió por excepción su periodo presidencial, elevado por el Movimiento cívico-democrático independiente, y que tuvo que hacer frente a un catastrófico terremoto, que obligó a una intensa labor de reconstrucción.
Fue elegido de nuevo Velasco, apoyado por los conservadores (1952-1956), que fomentó las escuelas, las obras públicas e intentó una estabilización financiera; pero su labor positiva se vio acompañada por los defectos exhibidos en sus anteriores gobiernos, desorden, demagogia, dureza y corrupción.Le sucedió el conservador Camilo Ponce (1956-1960), primero de su partido tras setenta años de régimen liberal, pero respetó las libertades y se logró una recuperación económica; fundó el Instituto Nacional de Colonización.
De nuevo volvió Velasco elegido frente al liberal Plaza para ser derribado en 1961; esta vez exhibió la bandera del izquierdismo y de la anulación del protocolo de 1942; mostró simpatías por Fidel Castro y por Rusia y una actitud de escasa simpatía a los Estados Unidos, sin poder cumplir sus promesas a las masas, agitadas en huelgas y revueltas.
Cayó por una coalición de liberales y conservadores y de la Confederación de Trabajadores, bajo la dirección del vicepresidente Carlos Julio Arosamena, que asumió la presidencia (1961-1963), cundiendo la propaganda revolucionaria alentada por el castrismo, que se procuró contener, pero fue aquel destituido a su vez por otro pronunciamiento, gobernando una Junta militar hasta 1966, en que se eligió nuevo presidente.

Salvador Allende acompañado de Velasco Ibarra en su visita a Ecuador, 1971 .

Referencias:

CALVO Pilar – EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1195-1197.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1198-1202.

EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1202-1205.
EZQUERRA, Ramón, Diccionario de Historia de España, dirigido por Germán Bleiberg. 2ª edición. Ed. de la Revista de Occidente, 1969, tomo A-E, págs. 1205-1208.

Contra Pedro el español (III)

III. La corrupción de lo mejor es lo peor

De la obra magna de la Literatura Española se han escrito innumerables estudios como es lógico, y ha sido sometida también a interpretaciones sectarias, que en muchos casos han sido más un descrédito para el propio Cervantes, que fiel reflejo de su genialidad y de su respeto por las leyes divinas y humanas. En el prólogo de Los trabajos de Persiles y Sigismunda el autor vislumbraba las posibles interpretaciones que propiciaría en un futuro próximo su obra, pero nos cuesta creer que en esos momentos, cuando ya Cervantes tenía puestos sus pies en el estribo de la muerte, imaginara el lodazal en el cual ciertas interpretaciones malintencionadas hundirían al conjunto de su obra, convirtiéndola en muchos casos e intencionadamente, en vez de en inapreciable por su valor como verdaderamente es, en cuestionable, irritante y, sino, hasta en despreciable. Cervantes no será el primer y último escritor del cual se apropien las ideologías, los hagan suyos y los vuelvan más sectarios que sus propios militantes. Habrían muchos nombres de escritores con los cuales ejemplarizar nuestras palabras, pero consideramos que cada uno de los lectores tendrá el suyo propio en mente, así que es inoficioso por parte nuestra dar unos nombres siendo que cada lector sabe por conocimiento de causa de qué hablamos. Bien sabemos que nuestros amigos los intelectuales, llámense comunistas, socialistas y/o o ateos, al contrario del Rey Midas, todo lo que tocan no lo convierten en oro, sino en cieno. Pienso en estos momentos en Cuba, en la Perla de las Antillas, en la cuna de la Hispanidad, presa hoy y en ruinas desde hace más de sesenta años por culpa de un régimen criminal por comunista y ateo. ¿España ha olvidado a Cuba? ¿Cuba ha olvidado a España? ¿Nos hemos olvidado de nosotros mismos? Cómo no recordar en estos momentos a Aldous Huxley cuando escribe en El joven Arquímedes: “La corrupción de lo mejor es lo peor”.

Estos añejos intelectuales, defensores invitro de todo régimen comunista, apenas encuentran un discurso propicio con el cual hacer carrera ascendente, se suben en el asnal de sus límites intelectuales y lo transforman de valioso en deleznable. Pienso en la igualdad y reconocimiento de la mujer, en el respeto y amor por la flora y la fauna, en los derechos laborales, en la empresa y la propiedad privada, en la generación de riqueza, en la libertad, en el racismo, o en la propia Leyenda Negra por ejemplo. Caen en manos de algún Pedro el español, y de ser ideas dignas de defensa y apoyo, pasan a convertirse de la noche a la mañana, y gracias a ciertos artilugios ideológicos, en propaganda sectaria y criminosa contra un otro al cual hay que eliminar: un enemigo que hay que crear y contra el cual es imperioso lanzar los chiguaguas del odio y del resentimiento secular y cainita. Y El Quijote, por supuesto, no podía ser la excepción. Muy por el contrario, y dada la importancia universal de la obra cervantina, siempre ha sido menester para los intelectuales de vieja pezuña apropiarse del discurso cervantino (y hasta del Instituto y del Premio) y controlarlo, hasta hacer decir a Cervantes lo que estos eversores interpretan como la verdad, su verdad, esto es, la mentira a todas luces. No obstante, y como escribiera Fray Josefo hace ya casi doscientos años, y en unas circunstancias históricas muy parecidas a las actuales (siempre vuelve la burra al trigo): “El error nunca puede legitimarse ni prevalecer contra la verdad y la razón, por más que se extienda y dure”. La tergiversación de la verdad, maese Pedro el español, siempre será lo peor.

Uno de los llamados tópicos literarios, transformado en ideológico y al cual con mayor frecuencia se recurre, es la famosa frase que escribiera Cervantes en voz de Don Quijote en el capítulo IX de la segunda parte: “Con la iglesia hemos dado, Sancho.” ¿Qué quiso decir Cervantes con esta frase? ¿Esconde una intención secreta, irónica, sarcástica, crítica, o es tan sólo una expresión verbal y corriente, propiciada por un hecho real ante el cual se encuentran de frente Don Quijote y su fiel escudero? Posiblemente argumentaríamos primero que todo, que estas palabras no esconden ninguna intención secreta, tal cual como afirmara Martín de Riquer entre otros estudiosos de la obra de Cervantes, y signifiquen tan sólo lo que se dice. Empero, y ante las tergiversaciones frecuentes de algunos opinadores, no está demás que nos preguntemos junto con el Dante: ¿Esta frase se’nterpretata val come si dice? Y nos hacemos esta pregunta, estimados y nunca justamente ponderados maeses Pedro el español, porque, al igual que en otros circunstancias en que se habla de la Iglesia, cuando se trata de la literatura la mala interpretación de lo mejor siempre será lo peor.

La interpretación malintencionada que se le ha dado a esta frase, en la cual se ha cambiado el verbo dar por topar, y la “i” de iglesia, escrita en su original en minúscula, trocada por la “I” en mayúscula para significar que se habla, no de la iglesia del Toboso, sino del cuerpo místico de Cristo, ha hecho que se propicie y generalice su uso de forma peyorativa para atacar a la Iglesia universal. Pero no siendo suficiente con usurpar una frase y apropiarsela para beneficios ideológicos, también algunos intérpretes queriendo trocar el día en noche, llegan a argumentar que en la frase original subyace, primero que todo, un sentido claramente anticlerical, tanto del autor (Cervantes) como de la obra (El Quijote), a través del cual el autor (no sus intérpretes) denuncia la “subordinación” de la sociedad y el Estado a la Iglesia. Y, segundo, que en la frase también subyace un anhelo implícito: la separación de las espadas temporal y espiritual, pero, sobre todo, y como fin verdadero y último de quienes así interpretan e instrumentalizan esta frase, la eliminación de una buena vez y por siempre de la vida civil y civilizada, de la espada espiritual representada en la Iglesia de Cristo. Un mundo feliz sin Dios y sin su Iglesia. Piensan, y por eso incurren en ello, estos maeses Pedro el español del ateismo y de la crítica de salón, que la eliminación de la Iglesia de la vida civil y civilizada es lo mejor, siendo como se ha demostrado en las dos últimas centurias, que está siendo lo peor de lo peor.

Sin duda alguna quienes en este sentido citan esta frase tienen una verdadera intención: menoscabar el poder de la Iglesia y, si pudiesen, hacerla desaparecer de la historia del Hombre. Muchas veces los Pedro el español lo han intentado. La historia de los últimos dos mil años está llena de momentos en los cuales la Iglesia ha sido atacada, humillada, saqueada, pero aún así se ha levantado de las cenizas o ha seguido como el arca de Noé que es, navegando en medio del diluvio universal de infamias y altanerias de sus enemigos, de toda la caterva de los Pedro el español que, como caines se mantienen errando por el mundo. Por eso esta catilinaria no va dirigida contra el vulgo del cual nos hablara Lucano o contra la clase más ignorante y atrasada, que la hay y mucho en toda sociedad, y la cual sigue a ciegas a quienes parece que saben algo como nos recordara Fray Josefo, sino contra los actuales intelectuales de vieja pezuña, disfrazados de filósofos y hasta con doctorado, harto soberbios e ignorantes como manipuladores y mentirosos. Como escribiera santa Teresa: “Todo lo que corre de la soberbia es la mesma desventura y suciedad”, estimados maeses Pedro el español.

Hace apenas menos de un siglo en España esta mesnada atacó a la Iglesia, y durante la llamada II República, libres de todo respeto y orden, azuzaron a sus esbirros para que la saquearan como antaño lo hicieran su modélicos piratas anglos o los admirados gabachos napoleónicos o, como en Rusia, las bienamadas raleas soviéticas. Masacraron, violaron y asesinaron a sus fieles, pero ni aún así la pudieron destruir y menos aún expulsar de España, porque, para rabia de sus enemigos, las raíces de la Iglesia Universal son profundas, y no serán los vientos de las modas y la novedad quienes la arranquen de las tierras donde se ha plantado y ha dado sus celestiales frutos de santidad. Estos eversores de vieja pezuña se toparon, como les gusta decir, con la Iglesia con mayúscula, y no la pudieron reducir a cenizas ni expulsar de España. Volvió a resplandecer su luz inmortal. Por eso, no está demás recordarle siempre a todos los Pedro el español, que “las puertas del Infierno no prevalecerán” (Mt. 16:18) nunca contra la Iglesia Católica, Apostólica y Romana como bien la llamamos sus devotos feligreses, entre los cuales se encuentra el fiel escudero Sancho Panza. El intento de destrucción de lo mejor, maese Pedro el español, será siempre lo peor.

Detengámonos un momento y recordemos a nuestros lectores por qué razón escribimos estas palabras. Hemos de decir que en el siguiente apartado y a la luz de El Quijote aventuraremos una interpretación de esta famosa frase, la que nos parece la más adecuada con su autor y con el contexto de la obra misma, y a su vez también como defensa de la Iglesia, motivo de esta catilinaria contra los Pedro el español, sello de la bestia siglo XXI, tal cual como Fray Josefo lo hiciera con el sello de la bestia del siglo XIX:

 ¿Cómo puedo ser yo tolerante y callar, cuando advierto, que nos quieren introducir á la fuerza en España una vana filosofía, dividiendo los ánimos, y corrompiendo la sana opinión del pueblo, que es la que constituye nuestra mayor dignidad y fuerza? No, españoles. Eso de callar, no puedo.

Sin embargo, antes de continuar hemos de aclarar que en este apartado no nos adentraremos en la biografía de Don Miguel de Cervantes Saavedra para sustentar nuestra argumentación. Bastará tan sólo recordar a los lectores y respecto del manco de Lepanto, que en vida siempre luchó contra los enemigos de España y, por ende, de la Iglesia católica, y que hizo parte de la llamada, por él mismo en el prólogo de las Novelas Ejemplares, “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Y también recordamos que antes de su muerte, Cervantes entregó su alma en manos de quien todo lo dispone, como cristiano católico que siempre fue. Negar su fe y la fidelidad de Cervantes a la Iglesia católica es hacer de él una hipócrita y bribón que hasta el último instante de su vida mintió mientras escribió. Muy claro está escrito en la epístola preliminar de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su testamento literario:

 Ayer me dieron la Estremaunción y hoy escribo ésta (la epístola al Conde de Lemos): el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.. Pero si está decretado que la haya de perder, cúmplase la voluntad de los Cielos”. Y más adelante, en el prólogo, concluye: “Adiós, gracias! ¡Adiós, donaires! ¡Adiós, regocijados amigos; que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida!

Dicho esto, a partir de ahora guardaremos en lo posible silencio respecto de la vida de Cervantes, por respeto a su memoria, y nos apoyaremos para nuestra interpretación y análisis únicamente en su obra magna. Como dijera el Divino Maestro: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20). El intento de manipulación de lo mejor es, maese Pedro el español, siempre lo peor.

Contra Pedro el español (II)

Escrito por D. Julio Cesar Rodríguez Bustos.

II. Vuelve la burra al trigo

Podrá uno negar o no la existencia de Dios, pero lo que no se puede negar es la diferencia entre la pluma de ganso del novelista Juan Manuel de Prada y la pluma de guachinango del intelectual Pedro Insua, otro Pedro el español más. ¡Sí!, no se extrañen ni se asusten. No es nuestra intención escandalizar. Como dijera Su Muy Católica Majestad, el Rey Felipe II a los herejes: “Sosegaos”.

La experiencia, la cual para muchos filósofos y hombres de ciencia es la luz de la razón, demuestra que en España hoy por hoy hay más de un Pedro el español. Se les ha visto envolver su prepotencia con pantagruélicas banderas españolas, bien sea de tela o de papel. Se les ha visto publicar libros de dudosa autoría donde posan de intelectuales, defensores y adalides de España, la de ellos: un remedo infecto de ideas trasnochadas e impotentes. Pero la verdad es que, con sus ampulosas egolatrías de papel o de tela, lo único que defienden es a sí mismos. Son lobos sedientos por medrar y por hacer parte de la historia a costa de tergiversar la historia de España y de intentar destruir a España. Memoria histórica sin memoria y sin historia, acomodada a los intereses de sendos discursos sectarios de, por ejemplo, un Pedro el español socialista (lo que entienda él y sus correveidiles por socialismo, aunque en verdad eso es lo de menos para ellos: les basta con nombrar no con significar) y de otro Pedro el español ateo con sendos resultados: neguemos la existencia de Dios, el resto viene por añadidura, esto es, la caterva de ateos, quienes, en la negación de la veraz naturaleza del Hombre, se afirman. Ignoran y pretenden que los demás ignoremos, para acomodo de su discurso altanero, que el hombre es una criatura mística que al nacer mística, muere también como mística, tal cual como escribiera Chesterton en las razones tanto divinas como humanas que le llevaron a su conversión.

Sí, G.K. Chesterton, señor Insua, otro más, entre otros tantos, que apenas dio para novelista y, para mayor desgracia vuestra, otro más que apenas dio para católico. Usted sabrá perdonarlo, aunque, como ateo confeso que es, creo que respecto de dar o pedir perdón usted poco o nada sabe. Este don es más bien potestativo de nos, los católicos, quienes tenemos por mala costumbre recurrir a la misericordia de Dios y ante nuestro prójimo, para pedir perdón por nuestros pecados, tanto de pensamiento, palabra, obra y omisión. “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”. Los católicos, estimado señor Insua, nos confesamos pecadores tal cual como Agustín, el santo de Hipona, se confesara. ¿Otro novelista más? Usted, señor Insua (perdón le pregunto) ¿ha escuchado a un socialista o a alguno de sus pares ateos pedir perdón a Dios o al prójimo alguna vez? ¿Sería imperdonable si así lo hiciesen? Seguramente no tendrían perdón de Dios, porque no existe, ni mucho menos de la pachamama que sí existe, si tamaña impertinencia hiciesen, y menos aún si este mea culpa fuese en público y desde (cito textualmente, la perorata no es mía) “la tribuna de una institución que representa el poder civil -completamente independiente (soberano) del poder eclesiástico-”. ¡Tamaña profanación! ¿¡Quién el sacrílego? ¡Qué le corten la lengua o que se la pongan de corbatín! Entre los Pedros ateos y/o socialistas, hay leyes no escritas que no se pueden incumpril. Quien así lo hiciese, sea anatema.

En la España prototipo socialismo y ateísmo siglo XXI, hay más de un Pedro el español que en vez de ser para España luz en estos tiempos, embarulla y confunde los tiempos como escribiera Don Luis Vives, para beneficio no de España sino de los intereses de las sectas primates que idolatran. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo. Empero, es deber nuestro como católicos, recordarle a los simios con pantalón que, aunque las tinieblas siempre rechacen la luz, la luz siempre vence a las tinieblas. Ya pronto amanecerá, señor Pedro el español.

Gentes de la misma catadura moral de cualesquiera Pedro el español, ateos, socialistas, comunistas, anarquistas, separatistas, se vieron a comienzos del siglo XX como indigentes mentales recorriendo los caminos de España y de la Hispanidad. Estaban de cruzada. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo. Pero antes de continuar, es deber nuestro recordar en estos momentos que la Hispanidad en su conjunto de universalidad, ha sufrido igualmente en mayor o menor grado que la España peninsular, las pandemias propagadas por unas plagas ideológicas cuya única razón de ser ha sido siempre usurpar a la Iglesia Católica el honor de ser la Madre y Maestra de España y de la Hispanidad. Su Alteza Real, la Reina Isabel la Católica, no nos dejará nunca mentir. Iguales sucesos acaecieron en la Santa Madre Rusia a comienzos del siglo XX, con la diferencia que los mismos criminales ideológicos que atentaron, se apoderaron de Rusia, usurparon el poder real y le quitaron su santo nombre, no pudieron hacer en España otro tanto. España los venció, otra razón más para añadir a la lista de motivos por los cuales es menester odiar a España; otra razón más para lanzar el odio de La Leyenda Negra en su contra; otra razón más para querer borrar de la faz de la tierra su santo nombre. Nada nuevo bajo el sol, señor Pedro el español. Siempre vuelve la burra al trigo.

Cuando Chesterton viajó a Irlanda y se involucró con sus gentes y conoció su historia y la Fe religiosa que los mantenía unidos más allá de cualquier partido político, y la cual no es otra más que la Fe en el Cristo vivo; cuando comprendió muy bien por qué los ingleses, sus compatriotas anglicanos, sentían odio por este pueblo que es católico desde antes de los tiempos de San Patricio (s.V) y al cual le debemos el uso de la letra minúscula en la Cristiandad; cuando ello hubo hecho y comprendido, Chesterton escribió unas líneas que bien se pueden asociar con España y permitirnos comprender en alguna medida por qué del odio que se siente hacia ella y cuál el verdadero motivo por el cual sus enemigos de siempre (la Inglaterra anglicana entre los primeros) han creado y difundido La Leyenda Negra entre todas la naciones y en su propio peninsular reino, como arma de destrucción masiva de España, de la Hispanidad y de la Iglesia Católica. Inglaterra, hemos de recordar, ha sido desde hace siglos enemiga de España y contraria, por cismática, a la doctrina de la unidad de la Iglesia Católica a la cual España siempre ha sido fiel. Con mucho dolor y muerte para los hijos de España, sembró en el Imperio español la división, esa enseña que siempre ha sido la señal con la cual Inglaterra ha impuesto sus intereses comerciales sobre otras naciones: cuando vemos blandir esta señal en alguno de los territorios hispanos, sabemos por experiencia propia quién está detrás de tal división. En los reinos ultramarinos del Imperio español, Inglaterra compró almas, sembró la cizaña de la división, se robó la cosecha de las doradas mieses hispánicas que durante tres siglos había cultivado diligentemente la civilización española, tanto con la espada espiritual como con la espada temporal, e impuso sobre unas repúblicas atomizadas que moldeó con la democracia y el nacionalismo a su gusto, la pezuña económica de un imperialismo que aún hoy día, dos siglos después de estas guerras civiles que enfrentaron a españoles de ambas orillas, no nos permite levantar cabeza, bien sea por ignorancia (que hay mucha) bien sea por cobardía (que hay mucha) o bien sea por traición monetaria (que hay mucha) o por malicia política y bisecular (que hay mucha). Nada nuevo bajo el sol, señor Insua. Siempre vuelve la burra al trigo.

Escribe Chesterton: “Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano (el irlandés), y todavía se le sigue odiando. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.” Que se odie por parte de sus enemigos aún hoy día al Reino de España y al pueblo español, no puede ni debe ser de otra manera; ese nuestro orgullo, más no de soberbia, sino orgullo por ser hijos fieles a la Ley Divina y, por ende, a España. Porque España, pese a que en los últimos dos siglos algunos de sus “pensadores” le han pretendido inocular pensamientos contrarios y ajenos a su ser, bien sea por traidores que son o por serviles para con los enemigos de España y, por ende, de la Cristiandad, entendida ésta, no como el cúmulo de iglesias heréticas que se hacen llamar “cristianas” para usurpar y robar privilegios que no les corresponde, sino como Iglesias fundadas sobre roca por los propios apóstoles de Cristo, como partes integrales del cuerpo místico de Dios y diseminadas por todo el orbe en unión y comunión con la Iglesia de Cristo, tal cual como fuese el ruego que el mismo Hijo, Dios hecho Hombre, hiciese a su Padre: Et ego claritatem, quem dedisti mihi, dedi eis: ut sint unum, sicut et nos unum sumus. Bien sea por acomplejados unos o por faltos de carácter otros o por amor al dinero aquellos o por cobardes estos y no defender a España y a sí mismos -que de todo hay en la viña del Señor-, o otros, más sencillamente, por ignaros primates con pantalón, pese a todos estos y muchos más maliciosos, España es y será siempre Católica. Aunque les pese a estos intelectuales, más que les duela y mientan, Señor Pedro el español, no podrán nunca ocultar esta verdad que no se oculta bajo el sol. Lo saben entre otros -y lo saben muy bien y no lo olvidan- lo saben herejes e infieles, llámense ingleses o musulmanes, liberales o franceses, socialistas o separatistas, anarquistas, ateos o comunistas… España es lo contrario a todo lo que representan sus enemigos: es profunda e incómoda también, porque no tranza con la mentira, muy a diferencia de la superficialidad y tibieza de esos ateos e intelectuales de pacotilla que, desde siempre, se ufanan de ser librepensadores, para esconder bajo el tapete de sus hipocresías el verdadero móvil de sus mezquinas peroratas: ser esclavos del padre de la mentira. Nada nuevo bajo el sol, señor Pedro el español. Usted bien sabe que siempre vuelve la burra al trigo.

Que el gobierno del Reino de España hoy haya caído en manos de quienes le traicionan, que una buena parte de la ciudadanía actual esté siendo adoctrinada con ideologías malsanas, por superficiales y ridículas, no mina en nada la naturaleza y el cimiento real de España: una tierra mariana temerosa y defensora de Dios y de la Iglesia Universal. Cuando haya llegado el tiempo de la cosecha, se separará la paja del trigo y sabremos, señor Pedro el español, qué parte de esta cosecha le corresponderá a la burramenta y cuál a la España fiel que nunca ha vendido su alma ni por pienso ni por oro. Si leyese los Evangelios, señor Pedro el español, encontraría en ellos un diálogo de última cena que reza así: Pregunta el traidor: “¿Rabí, soy yo?” Responde el Señor: “Tú lo has dicho”. Nada nuevo bajo el sol, señor Insua. Siempre vuelve la burra al trigo y el burro por el oro.

Se podrá estar o no de acuerdo con Franco, pero lo que la historia nunca podrá desenterrar en el olvido (perdón por el oxímoron) es ser reconocido como quien comandó las fuerzas que derrotaron el comunismo y la anarquía que estaban destruyendo a España en el primer tercio del siglo XX. Y esta afirmación que hacemos no es una apología al franquismo, menos aún idolatría o culto a la personalidad. Es tan solo verdad histórica. Aunque hemos de reconocer que para los intelectuales el comunismo nunca es comunismo y los comunistas nunca son comunistas. Sólo ellos, no usted señor Pedro el español, pueden decir qué es o no comunismo y quién es o no comunista. Aun cuando nunca dan una definición, siempre defienden el comunismo a ultranza de cualquiera que ose señalar los crímenes de cualesquiera de sus regímenes y de sus cabecillas de turno, como lo que son: comunistas. Sabemos por experiencia científica que los intelectuales comunistas, socialistas y/o ateos, serán siempre infalibles. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo.

Cuando Bertrand Russell viajó a Rusia interesado por la implementación del comunismo que se estaba llevando a cabo en las tierras de la Theotokos, confirmó por experiencia propia que la Rusia Imperial había caído en manos de sujetos de baja estofa capaces de cometer los peores crímenes a nombre del ideario comunista. La historia muy pronto le daría la razón, aunque los intelectuales de siempre quieran ocultar esta verdad bajo el sol. Y Faulkner, viendo el inmenso campo de concentración y de exterminio de cualquier atisbo de libertad en que el régimen comunista había convertido a Rusia, afirmó que la única Rusia con la que había logrado “algún parentesco espiritual”, había sido la Rusia que “produjo” (novelitas, señor Pedro el español) a Dostoievski, Tolstoi, Chéjov y Gogol, y no sin pesar declaró que esa Rusia “ya no estaba allí”. Aunque también concluyó diciendo, con palabras plenas de esperanza, porque Faulkner siempre fue un hombre de esperanza, palabras que seguramente algún Pedro el español, que son todos, despreciará debido a su intelecto supremacista, y más por ser quien las pronuncia alguien que, como Juan Manuel de Prada, apenas alcanzó para ser novelista. Escribió Faulkner: “No quiero decir que esté muerta (Rusia); hará falta más que un estado policial para destruir y mantener destruida la práctica espiritual de los herederos de aquellos hombres”. La historia también le daría la razón a este novelista, admirador de los novelistas rusos, no así de los intelectuales soviéticos, no pocos, sino todos, que apoyaron ideológicamente la construcción de ese estado policial y criminal por comunista y ateo que fue la URSS. Nada nuevo bajo el sol. La burra siempre vuelve al trigo.

Este tipo de intelectuales de vieja pezuña, antaño apoyaron en Rusia el mismo ideario confuso y estéril que antaño apoyaron en España, y que es el mismo que ahora, en nuestro presente continuo, los intelectuales españoles, muy militantes posmodernos ellos aunque negacionistas de la posmodernidad, también apoyan: destruir la espiritualidad del pueblo español, eliminar de España todo atisbo de Fe en la Iglesia de Cristo, implantar la tan anhelada paz que sólo nos podrá proporcionar la muy esperada unión de repúblicas socialistas ateas, y eliminar de una buena vez y para siempre de la faz de la tierra, el santo nombre de España. A unos abiertamente, a otros de modo soterrado se les ha escuchado exigir -así es: exigir- en sus rabiosas peroratas, que sea proscrito e intolerado en la, por ellos llamada, vida civil y civilizada de ese Estado ideal que idolatran por ateo, cualquier dogma religioso, mientras meten en la misma cochada totalitaria y prohibicionista junto a herejes, infieles, sectas, grupúsculos, pachamamistas, brujos, sobaqueras y vulvares nueva y vieja era, al verdadero objetivo de sus muy exigentes y odiosas iras: la Iglesia Católica.

Niegan, como defensores de la libertad que son, de un brochazo sectario, la libertad que gozamos en nuestra calidad de fieles, gracias justamente a los dogmas de la Religión Católica y del Derecho Canónico: la libertad para hacer o no el bien y ser por ello premiados o castigados, tanto en la vida como en la muerte. Este nuestro Credo. “¿Quién dirá a este mundo que la única libertad por la que vale la pena morir es la libertad de creer?”, nos interpela el Cardenal Sarah. Creemos, señor Pedro el español, creemos en la vida sobrenatural, por eso el martirio se acepta como don de Dios. Para los estados totalitarios como la actual China comunista (es tan sólo un ejemplo, se podrían nombrar más regímenes comunistas) los católicos son profundos e incómodos, por eso los nerones posmodernos siempre tendrán a la mano métodos sofisticados e ideológicos para justificar expulsarnos de cualquier república comunista china (es un ejemplo) o, en su defecto, para “echarnos a los leones”. Bien puedan. Aunque antes de llegar en sus osadías y soberbias a hacerlo, es menester recordarles, señores Pedro el español, que los católicos por ser del “linaje de Abraham, nunca hemos sido esclavos de nadie” ni aún cuando hemos sido esclavos: nuestra Fe nos hace libres. Y si nos remitimos al plano del Derecho Civil y de los Derechos Humanos, seguramente para estos precursores posmodernos de los Estados Ideales donde el Hombre será por fin feliz y libre, sin Reino y sin Dios, el padre Francisco de Vitoria debe ser una anomalía atemporal, católica y además española (¡qué asco!), que es menester desenterrar en el olvido. Nada nuevo bajo el sol. Siempre vuelve la burra al trigo.

Venid, señores Pedro el español, venid, no tengáis miedo. Asomad vuestras testas, por aquí, junto con el rey Nabucodonosor. Venid y contemplad, en el horno de fuego ardiente, quién es quien danza junto a Sadrac, Mesac y Abdènigo. Venid, no seáis tímidos. Acercaos, con confianza. No seremos nosotros quienes os echaremos a los leones o al fuego eterno. Venid, señores Pedro el español, venid…